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Barralva impone su ley
Entre tirios y troyanos, a pesar de las fragilidades de los que le hicieron frente, la ganadería de Barralva se queda con el título y la categoría por los cielos, después de lidiar cuatro toros con nota altísima en la última corrida de la temporada grande de la Plaza México.
La dehesa de los Álvarez Bilbao ha logrado imponer su ley, su autoridad, mediante toros de presencia impecable, de lámina imponente, y que además embisten. Una fusión de encaste parladé –español- y saltillo –mexicano-, que llevados por líneas diferentes han mantenido un nivel estupendo en la era moderna del ganado bravo. Ayer volvieron a dejar muestra de la constancia, de la raza, del signo de la casta. Principalmente con la primera parte de esta corrida. Pocos, pero atentos espectadores siguieron a detalle, mediante respeto y admiración, las portentosas cualidades del encierro queretano, desaprovechado irremediablemente en su lado “A”, por los tres diestros que compartieron cartel. Luis Bolívar, de tez morena e intenciones firmes, es un colombiano que vale la pena seguir. Sustituye el eco del gran Cesar Rincón, y bajo su propia tónica, mantiene el sello de poderío que dejo su antecesor. Y ayer confirmó en el embudo de Insurgentes con el toro “Madrilisto”, que duró poco, pero enseñó credenciales de franqueza. Luis dio algunas tandas de buena factura, y no alcanzó a encontrar la conexión ideal con un animal de embestidas enclasadas. El segundo de la tarde espantó a cualquiera. Y dentro de ese lineamiento de presencia incólume dejó en evidencia a Humberto Flores. Fue un astado con mucha bravura, mucho que torear, y un picante peculiar, con el que Flores se enchiló. Y más enchilada la gente que descubrió como “Gironcillo” se devoraba a Humberto, y se lo echó en cara. “Clavellino” le correspondió a Víctor Mora y tuvo un pitón izquierdo de órdago. Pero el joven hidrocálido destacó su falta de compromiso, clase y personalidad. Le quedó grande la yegua, y no pudo bordar al natural a ese magnifico ejemplar de Barralva. Tanta pausa y tan poco toreo. Flores, con renovada actitud, medio quiso recomponer el camino ante “Bibalero II”, pero volvió a pasar de noche. La gente le exigió y Humberto, salvo algún derechazo rescatable, fue la sombra de alguna tarde más compuestita. Entonces Bolívar sacó el pecho y cuajó al alto, enrazado “Farolero”. Le puso las peras a veitinicinco, y el colombiano las compró toditas. Y dio la nota, rezumando torería, afición, valor, técnica y solidez. Tandas macizas, repletas de sinceridad y mando. Lástima que la espada le privó de los trofeos. El último toro de la tarde, “Bolillo”, tenía cara y echaba la caja entera, los pitones al viento, sacudiendo de una vez por todas el mínimo rodaje y la poca estructura y pasta de figura de Víctor Mora. Y murió un 7 de marzo, como todos los anteriores ejemplares de Barralva: con las orejas puestas. |