¿Los poderes políticos y religiosos contra el pueblo? 08-Ene-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Alberto Ramírez Mozqueda   
Domingo, 08 de Enero de 2012 01:42
Epifanía del Señor 012

¿Habrá ocasión más esperada por chicos y grandes que la fiesta de los “Santos Reyes”?
Gran expectación se tiene en esa noche por la llegada de esos personajes misteriosos que aparecen de noche y suscitan la ilusión, la esperanza y el gozo de un regalo aunque sea debajo de la almohada. Es una fiesta que alegra nuestras calles y plazas con el estreno de los juguetes nuevos. ¿Cuál es el origen de esta fiesta y su mensaje para los del siglo XXI?

La fiesta de Navidad y la de Epifanía celebran el mismo hecho, el hecho del nacimiento del Hijo Dios hecho Carne y puesto como Salvador de todos los hombres. El acontecimiento  ocurre en Belén una pobre aldea cerca de la gran Jerusalén, que ve resplandecer una grande luz que anuncia la salvación a todos los pueblos. Al momento de su nacimiento, los más pobres y más desarrapados de entre los habitantes de la región, son los pastores, sucios, mal olientes y despreciados por todos, los que tienen la gran oportunidad de acercarse al pequeño niño custodiado por su madre. Pero no fueron los únicos. Venidos de tierras extrañas, aparecen unos magos, que eran científicos, astrólogos, astrónomos, matemáticos y médicos, se presentan en Jerusalén, guiados por una misteriosa estrella, preguntado por el que había nacido rey de los judíos, pero tienen la mala fortuna de preguntarle a un rey espurio, ilegítimo, sediento de poder y celoso de su reinado, el cruel Herodes, que inmediatamente siente a aquellos magos y sobre todo al objeto de su búsqueda, como un peligro latente para su reino. Pero es muy astuto y convoca a los sacerdotes y escribas para que le determinen dónde tendría que nacer el Mesías. Ellos eran los encumbrados dirigentes religiosos, legisladores, teólogos e intérpretes exclusivos del mensaje divino.
Inmediatamente determinan el lugar: Belén. Pero ni la autoridad civil, ni el poder eclesiástico mueven un dedo para ir al lugar desde donde debe encenderse la luz para toda la humanidad. En ese momento los dos poderes se hermanan y se unen, pero no para adorar al recién nacido, sino con las torvas intenciones de continuar con su poder, sus privilegios, su prestigio y su soberbia, igual que lo han hecho con la Iglesia cuando pretendiendo ayuda y protección, lo único que quieren es someterla,  amordazándola  y esclavizándola. “Vayan, averigüen que hay de ese niño para que yo también vaya a adorarlo”, fue la consigna del Rey. Y los magos se pusieron en camino y la estrella que momentáneamente se les había ocultado, nuevamente surgió en lo alto, hasta dejarlos frente al recién nacido. Ahí descargan sus regalos, convirtiéndose en profetas para aquél niño, pues le regalan oro porque sería rey, incienso porque es el Hijo de Dios y mirra porque tendría que sufrir como profeta por todos los hombres.
Éste es, pues, el mensaje de la Epifanía, un Dios que se hace hombre, se hermana con todos los hombres, a los que quiere hacer portadores de su salvación. Se acaban los privilegios de un solo pueblo, y la luz, su estrella, la estrella de Jesús, el Cristo, es ahora la estrella del Salvador de todos los hombres. Una luz que ya nadie podrá apagar, y que impedirá que tinieblas de sombra y de muerte aplaquen la luz divina para los pobres, los que han estado sometidos y maniatados por el mundo y los poderosos que ostentan la riqueza y el poder. Bien han hecho primero el beato Juan Pablo II y ahora el Pontífice felizmente reinante, Benedicto XVI, en reunir en la tierra de Francisco, en Asís, a todos los representantes de las religiones más conocidas, para orar al único y verdadero Dios por el mundo que necesita paz, consuelo y tranquilidad. Su iniciativa no ha sido reconocida por todos, pero ese es un pleno reconocimiento de que en todas las religiones hay parte de verdad y parte de bondad que nos hará reconocer que somos una  sola familia en camino a la casa del Buen Padre Dios. Que el Señor encienda siempre en nosotros la luz de la verdad, de la paz y del amor.