MITOS MAESTROS: CONCIENCIA COLECTIVA 02-Ene-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alejandro Arias Ávila   
Lunes, 02 de Enero de 2012 00:49
Acuerdos de impotencia
 
Los pactos políticos internos que tienen su origen en el ‘ir en otra de’, o ‘evitar que llegue fulano de tal’, pero nunca en función de la construcción de un proyecto en particular contrastable contra otro. Esto lo que da como resultado es que, a la hora de las definiciones, se debiliten sus proyectos personales y le faciliten el camino al que se supone se lo complicarían...
 
Mucho hemos escuchado hablar de acuerdos políticos, de pactos, de alianzas, de coaliciones; en suma, de adhesiones entre diferentes partidos políticos, organizaciones sociales, corrientes internas de los partidos, gobiernos; en fin, de cualquier grupo organizado de la sociedad.
Esto es normal, pues es un mecanismo de la praxis política histórica, sin el cual no se entendería el ejercicio de esta actividad, aunque también es cierto que hay de acuerdos a acuerdos, así como de éxitos o fracasos, de estos mismos, pero cualquiera que sea la razón, el solo hecho de acordar ya implica una debilidad, temor o desconfianza, lo cual se agrava si el motivo del acuerdo no es claro y específico y con reglas determinadas de antemano. Ya que el dejar cabos sueltos sólo generará en el futuro complicaciones y, sin duda, rompimientos que eviten el objetivo que dio origen a dicho acuerdo o pacto.
Antes de seguir, revisemos lo que el diccionario define como:
ACUERDO POLÍTICO: Entendimiento informal o por escrito, realizado por dos o más grupos políticos, para realizar juntos un proyecto político que no podrían encarar en forma aislada.
En esta colaboración, queremos referirnos a los pactos políticos internos que tienen su origen en el “ir en otra de”, o “evitar que llegue fulano de tal”, pero nunca en función de la construcción de un proyecto en particular contrastable contra otro. Esto lo que da como resultado es que, a la hora de las definiciones, se debiliten sus proyectos personales y le faciliten el camino al que se supone se lo complicarían... denotando que lo único que los unía era la inquina contra el adversario que sentían poderoso e invencible.
Partiendo de la base de la definición de que el acuerdo político tiene sustento en no poder encarar solo un proyecto político, entonces, se deberían fijar muy bien las reglas y alcances de dicho acuerdo; pero si este, como se plantea, sólo es para ir en contra del otro sin tener claro quién habrá de reemplazarlo en caso de que se logre su eliminación, hará que una vez conseguido su objetivo tengan que comenzar una disputa interna por alcanzar el espacio en disputa, propiciando un conflicto al no estar definidos los roles que tiene cada uno de los participantes en el acuerdo.
Que el acuerdo o pacto no alcance hasta allá sólo puede ser por torpeza política, por conveniencia o por impotencia de reconocerse qué peso específico significa o significaba cada uno de los integrantes de ese pacto, con lo que provocarán el debilitamiento de los participantes del acuerdo.
Otra de las consecuencias de estos pactos de impotencia sin proyecto político contrastable al que combaten es la confusión que propician entre sus seguidores, pues bien a bien estos no saben cuál es el objetivo, dado que todos los signantes de un pacto siguen hablando de sus proyectos particulares (que, paradójicamente, es el mismo de todos), dando como resultado que cada uno trabaje “para su santo”, pero unidos para que el que se siente el más fuerte no les gane. Se presenta así el escenario chusco de que todos los participantes en algún acuerdo comenten a sus seguidores “que todos los demás habrán de declinar para que él sea”, con lo cual, sin duda, le pavimentan el camino al que se supone están combatiendo.
Otros, ya en el descaro total, hablan de que si no les alcanza para lo que quieren, se conforman con cualquier otra cosa, con lo que se comprueba que muchos de los integrantes de un acuerdo no necesariamente buscaban la candidatura principal sino, más bien, no quedarse fuera “del reparto del pastel”, aunque no traigan lo suficiente para conseguirlo. Aquí aplica perfectamente aquello de “tírale arriba, para que caiga abajo”. Veamos si finalmente a alguno le pega su jugada. Como ya se dijo, no son malos los pactos como práctica política; ni siquiera los que estamos comentando, pero sí tienen menos posibilidades de lograr su objetivo porque se basan en la impotencia, inquina y desconfianza, en contraste con aquellos que tienen definido un proyecto político contrastable al que enfrentan, para que se pueda comparar y optar por alguno de los dos en juego.
Resultado: sin duda, quienes saldrían ganando primero serían los militantes del partido en cuestión y después los ciudadanos en general, más en una coyuntura política como la que hoy viven nuestro estado y nuestro país.

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