CULTURA 08-Ene-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Amador Rodríguez Leyaristi   
Sábado, 07 de Enero de 2012 23:13
Los críticos no sirven para nada
 
En el año que recién terminó fui interrogado amigablemente por algunos amigos, antiguos alumnos de Comunicación de la Ibero y, en general, por cinéfilos que sabían de mí por mis colaboraciones dominicales en el periódico A.M. durante algunos años de la década de los noventa, insistiendo en la razón por la cual en esta nueva etapa escribo poco de cine y animándome a hacerlo con más asiduidad.
Las razones de este alejamiento tienen que ver con dos hechos puntuales: uno, muy comprensible, es que al dejar la cátedra universitaria y la crónica periodística abandoné el rigor del estudio, la documentación, la observación del fenómeno cinematográfico y paulatinamente perdí actualización en la materia. Disfruto igual o más que antes, hay cintas que me embelesan, otras que me siguen irritando, otras más que me parecen ridículas pero todo esto sin método, sin orden ni concierto, sólo por el puro gusto -ese no morirá jamás- de ver cine  simple y llanamente.
El otro es más comprensible y, aun a riesgo de parecer anticuado, nostálgico, retro y demás, lo escribo con todas sus letras: Salvo contadas excepciones, detesto el cine actual.
En medio de una reflexión intermitente sobre el cambio de hábitos y preferencias del público cinematográfico resulta que esta semana encontré en las páginas de El País una jugosa entrevista de Gregorio Belinchón con una de esas excepciones, David Fincher, y que se llama además "Los críticos no sirven para nada".
Para empezar, el excelente reportaje de Belinchón inicia con una frase que yo podría suscribir plenamente y en la que se encuentran las razones de mi desánimo y alejamiento de las salas; lea usted: "En un mundo lleno de películas infantiloides en las que los protagonistas dudan sobre qué vestido de boda ponerse, intercambian cuerpos con su amigo solterón o trabajan como agentes secretos que escalan hoteles gigantescos en Dubái, un puñado de creadores aún luchan por hacer cine de Hollywood para adultos, con personajes complejos y traumas familiares, y sin dejar ni un momento que el espectador se aburra. En ese terreno, David Fincher (Denver, 1962) es Dios; más aún, es el Coppola del siglo XXI".
Fincher, realizador de títulos memorables: un clásico de cine negro, Seven (1995), que cuenta la historia de un asesino serial que castiga con muertes espantosas los excesos que se cometen con los siete pecados capitales y que son investigados por una anticlimática pareja de detectives interpretados por Morgan Freeman y Brad Pitt. Zodiac, El club de la pelea, La habitación del pánico, La red social y próximamente en los cines la versión norteamericana de la primera parte de la trilogía de Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres, son otras realizaciones de este importantísimo cineasta hollywoodense.
Por lo pronto, esa desazón que me causa el cine actual, esa falta de ideas, de calidad, de originalidad, me hacen irremediablemente añorar mi viejo cine de Hollywood, el de los grandes maestros, el inteligente, el de valores artísticos y que no obstante divertía muchísimo. Fincher, dieciocho años más joven que yo, recuerda también con nostalgia otra gran etapa hollywoodense: "Crecí en una época en la que nos moríamos de ganas de que estrenaran ‘El padrino’ o ‘Alien’. Me gustaba aquel sentimiento, aquellas colas esperando a comprar la entrada... Ya sé que el cine ha cambiado. Todo hoy se centra en franquicias, en juguetes...”.
No obstante, el análisis más reflexivo sobre el cambio en los gustos del público y en la industria fílmica en los últimos años sería incompleto si no meditáramos sobre la transformación radical que las sociedades contemporáneas han sufrido en sus estructuras y que son en realidad las que marcan las preferencias, las modas y los comportamientos.
Lo que no cambia ni cambiará jamás es la creación artística, individual o colectiva y que tiene unas reglas sorprendentemente simples y sencillas. David Fincher nos da hoy su receta en apenas un renglón: “El truco es filmar algo que a ti te interese, y mirar más allá de los personajes y de lo obvio”. Parece fácil, pero ¿lo es?