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Corelli, Parma y los Fundamentos de la Ópera
Caminábamos Gerardo Kleinburg y yo por la calle Vasco de Quiroga rumbo al teatro del Bicentenario a alguna función y platicábamos del tema que nos es común: la opera. De pronto Gerardo, con esa vivacidad y permanente inquietud que lo caracterizan (así es su temperamento), me suelta esta pregunta: "Para ti, ¿quién es el más grande tenor de todos los tiempos?". Hay que entender que la respuesta puede entrañar cierto grado de dificultad, no tanto por dar el nombre sino al explicar por qué. De tal suerte que la respuesta acaba siendo algo así: "No puedo decir quién es el más grande pero sí el que más me gusta".
Estábamos en ese impasse entre pregunta y respuesta, cuando ambos contestamos prácticamente al unísono: "Para mí, Franco Corelli". La ciudad italiana de Parma para el mundo de la ópera viene a ser una especie de sitio sacrosanto: es la tierra de Giuseppe Verdi y del mítico director y maestro Arturo Toscanini. El teatro Regio de Parma es un típico teatro de ópera del siglo XIX con 1200 localidades que están anticipadamente compradas por los aficionados locales en las taquillas del teatro, luego de colas interminables por días y noches. Siendo además la cuna del melodrama italiano -antecedente teatral y musical de lo que hoy se concibe como "ópera"- su público está unánimemente reconocido como el más exigente ¡del mundo! Por las horcas caudinas de esos estrictos y conocedores aficionados han pasado prácticamente todos los cantantes del planeta desde el siglo antepasado, y todos los directores: abuchean sin recato, interrumpen arias, hacen observaciones en voz alta al director o aplauden y gritan hasta el delirio ante una ejecución o una interpretación excelsa, sin importar si cortan arias, duetos, diálogos o lo que sea. Parma es pues, la ópera en estado natural. Es la vuelta a los orígenes. Es el espectáculo del pueblo. Franco Corelli fue una excepción dentro de los parámetros de los tenores de su época. Debutó a los 29 años ganando un concurso en Florencia siendo autodidacto. Con poquísima formación académica, transitó por los caminos de la ópera amparado en su genio, en su inspiración, en su figura y en sus facultades que eran inagotables. Con estas características, es fácil de entender cómo su carrera estuvo llena de altibajos. No obstante, Corelli era poseedor de una voz bellísima, enigmática, oscura, profunda, llena de cuerpo, con unos agudos prolongados y poderosos. Cuando estaba inspirado era capaz de producir los sonidos más cálidos y armoniosos que hoy hemos recuperado casi a plenitud gracias a la tecnología. Su voz, su estilo, su elegancia, su presencia física no tenían antecedentes y no tuvieron sucesión. Jonas Kaufmann es tal vez quien más se le parece en esos atributos señalados líneas arriba. Ahora, cuarenta años después. Surgido en una época de sopranos –Callas y Tebaldi, ni más ni menos- reúne con creces el requisito de la pregunta de mi amigo: “No sé si es el más bueno de la historia de la ópera, pero es el que más me gusta”. El 21 de enero de 1967 -hace ya 45 años- se realizó una función en el Regio que a la postre resultó memorable y pasó a formar parte de los anales legendarios de este arte lírico. Lo que sucedió en ella lo conozco gracias a aquella plática con Gerardo Kleinburg, quien me lo refirió entonces y hoy lo reproduzco. Aquí la historia. Se presentaba en aquella ocasión Franco Corelli cantando el Mario Cavaradossi de Tosca; al llegar a la parte medular del segundo acto y cuando Scarpia es avisado de la victoria de Napoleón en Marengo, Cavaradossi en medio de su cautiverio y tortura, canta exultante “¡Vittoria! ¡Vittoria!” culminando su exclamación en lo que debe ser un si bemol apasionado. Un inspiradísimo Corelli, cuenta la leyenda, convirtió su exclamación en el más limpio, sostenido y bello agudo que se recuerda. El público de Parma interrumpió entonces la representación con aplausos, vivas y ¡bravos! delirantes por varios minutos. Con la confianza del éxito y la comunicación con el público desbordada, Corelli remató con el “E lucevan le stelle” más sublime que se ha escuchado –dicen- en la historia de la lírica. Al término de la función el Regio sucumbió a su voz, tanto que impedía a gritos que el tenor se retirara del proscenio, lo que hizo una vez que interpretó arias y napolitanas por una hora más acompañado sólo por un pianista. Por fortuna existen documentos del audio que certifican esta entrañable historia. Pueden oírse en Youtube, en las direcciones siguientes:http://www.youtube.com/watch?v=6MSqtNlIitI http://www.youtube.com/watch?v=mP5oTYnGG58 http://www.youtube.com/watch?v=1M5yekctYao&feature=results_video&playnext=1&list=PL8219557FA15CB8B9. Estas historias separadas, pero unidas en un día, una noche, por la magia del arte, por el milagro de la ópera y entonces entrelazadas para siempre, encierran los secretos de la lírica o más bien, el secreto, en singular: nadie puede nada contra el genio; es inmortal… y nadie puede nada contra el pueblo operístico soberano, de Parma y del mundo.
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