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Lee, luego critica
Vivimos así, no leemos, no nos formamos, la lectura en México es inmóvil, vive en una constante sequía, simplemente jugamos a no perseguirla, la abandonamos en el atajo que da menos trabajo
En los falsos juegos de la libertad y democracia, nuestra sociedad ha acuñado a la crítica como un elemento justificativo para su desenvolvimiento y transformación.
Es muy difícil deliberar con ella, si la misma no se dispone para la colaboración sana, de cara al personaje, con esperanza de verdadera mejoría, de ser objetiva, no exagerada, donde previo a realizarla se conoce de la responsabilidad de lo que se va a fustigar para mejorar una situación, un momento. En nuestro entorno social y político, la crítica ha perdido toda su eficiencia, es infame, burlesca, intransigente, impía, comparativa, borreguil, desordenada, desprovista de bien, neurótica, miope, desafinada, bisbisea, sospechosa, anónima, siempre de espaldas, donde hable quien hable la paga. Se ha malentendido, se usa, como fuego a discreción, no aporta nada, provoca, hiere, se crea sin estar formada, no trasciende, es momentánea, no es lenguaje, sólo autosatisface, desnudándose a sí mismos. En muchos surge constantemente, les es propia, natural, es su herramienta de trabajo, ahora ellos se erigen como educadores, grandes pensadores, lectores, centros de verdad, ministros de justicia, lo gozan, se deleitan. Erróneamente creen provocar un clímax, una metamorfosis social, arrastrando por el camino anémico de la poca verbalización y de imágenes, a un conjunto de personas que no piensan, sólo están, alejándolos mesiánicamente de la oportunidad de tener una voz moldeada, leída, de palabras, de personajes, de nombres y apellidos. Criticar les parece muy sencillo, les es tan común como cualquier día, como cualquier hora, la sociedad así se los permite, sigue callada, la buena crítica en ellos no existe, no se procura, permanece muda, apartada, en estantes, se desvanece, todo es lucha y confrontaciones. Hoy la expresión crítica de nuestro México está mal formada, es mortuoria, sin lucidez, sin un lenguaje fresco, sin peso, sin plumas, sin transparencia, sin una sombra qué tejerle, donde el porvenir no puede defenderse pues la opinión o palabra nutrida casi no existe, los libros se borran. Nuestro sistema político y social es un reflejo de nuestra realidad crítica. Vivimos así, no leemos, no nos formamos, la lectura en México es inmóvil, vive en una constante sequía, simplemente jugamos a no perseguirla, la abandonamos en el atajo que da menos trabajo. Como se ha escrito preferimos ver que mirar. Con qué argumentos podemos criticar si en nuestro país se lee medio libro al año por habitante, en promedio. Si sólo un 2 por ciento de la población mexicana tiene el hábito de la lectura, a diferencia de países como Japón que es del 97 por ciento, Alemania 67 por ciento y Estados Unidos con 65 por ciento. ¿Qué podemos ser realmente si estamos desprovistos de un lenguaje? ¿Cómo entender mejor la vida? ¿Cómo orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos? ¿Cómo comprender, interpretar, reflexionar y ayudar a resolver los problemas que la vida social demanda si no leemos? Nos estamos desconociendo. Cuando abandonamos un libro y su lectura nos abandonamos nosotros mismos. Limitamos nuestro progreso y el de nuestro país. Y si a estas alturas de la vida no nos desarrollamos, es muy difícil llegar a participar en un contexto social. La crítica es importante, sí, pero lo es cuando está formada, ya que da para mejorar un plano individual y colectivo, sociabiliza, nos hace más completos, útiles, y sobre todo nos une creativamente al interminable esfuerzo de erigir una país más humano, social y políticamente más justo.
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