PUNTO Y APARTE 26-Dic-2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Emmanuel Sherwell Cabello   
Lunes, 26 de Diciembre de 2011 01:11
Las cartas
han muerto
 
Hoy, la permanencia y lealtad por la escritura en cartas, por el buen uso del lenguaje, se nos ha escapado, es muy poco ya lo escrito proveniente de una mano, de aquel bolígrafo agotado al que en momentos debía de agitarse para
despertarlo o bien, soltarle un poco de fuego en la punta como castigo para que declarara o confesara
en la letra escrita
 
De manera muy simple podemos describir que un cartero anteriormente ha sido un portador de noticias, mensajero de novedades y anunciador de acontecimientos.
Los adelantos tecnológicos y de nuestra resistencia cada vez más evidente a tomar una pluma y una hoja de papel y a sentarnos, tranquilamente, a escribir, ha provocado que el contenido de los sacos de Correos lleven cada día menos cartas de agradecimiento, de disculpa, de alegría, de tristeza, de condolencia, de despedida, de protesta, de reconocimiento o de presencia de los ausentes.
La relación entre el remitente y un destinatario o la reafirmación de un lazo entre las distancias en tiempo y espacio, se ha desvanecido en este medio, es casi irrecuperable. El privilegio de conversar a través de las cartas parece haberse perdido.
Hoy, la correspondencia suele ser mes con mes la misma, estados bancarios, invitaciones posfechadas, felicitaciones equívocas, pagos acumulados, créditos impagables, promociones, publicidad y otros impresos que no resultan tener mayor importancia.
Los buzones ahora se atiborran, y luego, pisos enteros, cocheras; no sabemos qué hacer, la arrojamos en estantes, charolas, cajones, escritorios, como separadores de libros, estamos cansados de toda ella, no podemos hacer nada al respecto, se deposita infatigablemente como parte de un trabajo donde no importa más el sentido de ella.
Es tanta, son montones, que si uno decide acumularla, se formarían macizos enteros, como una gran montaña de sal, donde uno podría escalarla o caminar alrededor de ella.
Permitimos que pasen los días, semanas enteras, incluso, observamos cómo se desborda el buzón en una cascada de papel, de timbres, sellos y tintas impresas, hasta que finalmente decidimos que es momento de atenderla.
Hoy, la permanencia y lealtad por la escritura en cartas, por el buen uso del lenguaje, se nos ha escapado, es muy poco ya lo escrito proveniente de una mano, de aquel bolígrafo agotado al que en momentos debía de agitarse para despertarlo o bien, soltarle un poco de fuego en la punta como castigo para que declarara o confesara en la letra escrita.
Este medio de comunicación se ha ido de las manos, la revolución de la tecnología lo ha aniquilado, las fronteras se vuelven invisibles, los espacios y las distancias también, ya no se requieren remitentes ni destinatarios con profundos pensamientos, ahora estamos determinados y condicionados por un números de caracteres, de simplificación de palabras,  abreviaturas inadecuadas, nicknames, y un sinfín de simbolismos bajo el amparo de un “nuevo seudo idioma”.
En las nuevas tecnologías estamos transformando nuestro modo de vida y de lenguaje, emergen nuevas formas de expresión como los chats de internet, twitter o facebook, hacia una búsqueda cada vez más veloz del encuentro personal con el otro, creamos un entorno más cercano, más allá de cualquier frontera, ya sin importarnos que las cartas hayan muerto y con ellas, en cierto modo,  el buen uso y expresión de nuestra lengua.
 
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