PUNTO Y APARTE 08-Ene-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Emmanuel Sherwell Cabello   
Domingo, 08 de Enero de 2012 01:41
¿El fin del mundo?
 
Nadie puede saber cuándo será la consumación de la tierra y de la humanidad y la manera como se transformará el universo; pero lo que sí sabemos es que esta vida tiene un término, y ese término puede presentarse para cada uno de nosotros como un ladrón en la noche
 
Mucho se me ha comentado que en este 2012 terminará el mundo. Tantas teorías fatalistas he escuchado y leído vía electrónica, de versiones apocalípticas, creencias populares, conocimientos esotéricos, del mayanismo o new age, los  nuevos secretos de Fátima, las predicciones de san Malaquías, de Merlín, sospechas sobre códigos secretos, todas vaticinando el final de nuestra existencia, lo cual, sin duda, aturde, pasma y confunde a una sociedad en constante evolución y cambio.
Guy Consolmagno, sacedorte jesuita y astrónomo del Observatorio Vaticano, señala que los hombres predicen el fin del mundo desde los albores de la humanidad y que, hasta ahora, ninguna de esas teorías se ha revelado verdadera. Es así que no hay ningún motivo para creer que lo sean las relativas al 2012.  Pero mientras es fácil reírse de estos miedos tontos, hay un mal más serio detrás de ellas: estas creencias proliferan porque todos estamos tentados por el deseo de poseer un conocimiento secreto del futuro, como si esto nos hiciera más potentes que los demás. En realidad, esta es sólo una señal de mala ciencia o mala religión.
Hay muchas personas a las que les ha sido muy sencillo expresar, por medio de accidentes, catástrofes de la naturaleza, plagas, guerras, signos anómalos en el cielo, que es el fin del mundo. Gozan mucho, incluso festejan, infiltrando miedo en las personas, en su corazón, limitándolas en numerosos aspectos y orientándolas a que se inclinen en formas de vida extraviadas. No hay que dejarse engañar.
Siempre ha habido, y los seguirá habiendo, grupos religiosos que pasen su vida fijando la fecha, el día y la hora del fin de mundo, pero todos ellos se han equivocado.
En el libro Sepa defender su fe, el P. Paulo Dierckx y el P. Miguel Jordá dan un claro ejemplo de esas falsas predicciones, de esos claros equívocos sobre el fin del mundo. El fundador de los adventistas, William Miller, con el texto de Dan 8, 14 y calculando los días de este texto como años, fijó la venida de Cristo a la tierra para el 21 de marzo de 1843, el día final. Llegó la fecha y no pasó nada especial y luego dijo que se equivocó en sus cálculos en un año y proclamó otra vez la venida de Cristo para el 21 de octubre de 1844. Y viendo que Cristo no volvía a la tierra, dijo simplemente que el juicio de los hombres comenzó en el cielo y pronto Cristo se manifestaría en la tierra. Los Testigos de Jehová anunciaron la venida de Cristo y su reino de mil años en la tierra para el año 1914, luego para 1925 y 1975. Ahora no dan fecha y dicen simplemente que pronto Cristo vendrá, y se limitan a escribir en todas partes “Cristo viene”, una fecha inminente, pero no especificada. Y no falta gente insensata entre nosotros que dice que el fin del mundo será el año 2012.
Ahora bien, en la tradición católica podemos preguntar si predice Jesús el fin del mundo. Tomando como base el reciente libro del papa Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, en la parte apocalíptica del discurso escatológico de Jesús: al anuncio del fin del mundo, de retorno del Hijo del hombre y del Juicio universal (cf. Mc 13, 24-27), Jesús no describe el fin del mundo, sino que lo anuncia con palabras ya existentes del Antiguo Testamento. Es decir, no habla de las cosas futuras con palabras propias sino que se refiere a ellas de manera nueva con antiguas palabras proféticas.
Mediante una actualización, una relectura de las mismas palabras en progresión de la historia, a saber en los libros de Daniel, Ezequiel y de Isaías, Jesús rechaza explícitamente la pregunta sobre el tiempo y momento. Las palabras apocalípticas de antaño, del Antiguo Testamento, adquieren un carácter exclusivamente personalista; es decir, se identifican ahora con el Hijo del hombre: en su centro entra la misma persona de Jesús, que une íntimamente el presente vivido con el futuro misterioso.
Esto qué quiere decir. Tal como lo expresa Benedicto XVI, las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación, con predicciones o pronósticos, sino que nos muestra solamente el camino recto para el ahora y para el mañana. No se trata de una nueva formulación de la descripción del porvenir o de lo futuro; como sería esperar de los adivinos. Por el contrario, Jesús quiere precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos.
Es así que nuestra existencia no debe escudriñarse en el futuro, ni en tener fija la mirada en lo desconocido; no podemos conducirnos así, ni desenvolvernos en el presente bajo una lógica de pensamiento atada a un fatalismo o adivinaciones.
Nadie puede saber cuándo será la consumación de la tierra y de la humanidad y la manera como se transformará el universo; pero lo que sí sabemos es que esta vida tiene un término, y ese término puede presentarse para cada uno de nosotros como un ladrón en la noche. Y que después de ese término nadie puede merecer o desmerecer. Por eso, terminado el único plazo de nuestra vida terrena, donde no hay segunda vuelta, donde no hay exámenes de septiembre para los suspendidos en junio, que debamos reflexionar con que realmente estamos formando el camino de la vida.
Guardadas las distancias de los cúmulos de adivinaciones y de tantas predicciones, aprovechemos de mejor manera este nuevo año para hacer el bien lo más posible, manteniendo siempre firme la esperanza; una esperanza fiable con la cual podamos afrontar nuestro presente, un presente que constantemente está marcado por la incertidumbre, sufrimiento, indiferencias o momentos de crisis.
Llenos de entusiasmo y con la mirada puesta en Dios, debemos estar seguros de que en él radica esa esperanza fiable, esa marca distintiva para sobrellevar el presente y tener un futuro, un futuro del que, aunque no conozcamos los pormenores de lo que nos espera, en términos generales nos ayuda a expresar que nuestra vida no acaba en el vacío. En esa esperanza fiable se justifica el esfuerzo de nuestro camino, y llegada la meta nos permite esperar con gran ilusión la eternidad.
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