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Un propósito primordial de la educación es mejorar la calidad y fortalecer la equidad en el servicio educativo, para asegurar que todos los alumnos tengan oportunidades de acceder a la escuela y de participar en procesos educativos que les permitan alcanzar los propósitos fundamentales de la educación básica y desarrollar sus potencialidades.
Mucha gente del campo educativo habla de inclusión escolar, de integración educativa, de educación inclusiva pero no todos se refieren a lo mismo con estos términos. La integración escolar se entiende como un proceso que reúne a los alumnos con o sin “handicap”, en un mismo contexto, bajo distintas situaciones o modalidades, que se debe de alcanzar sobre la base de responder por igual a las necesidades de todos. Una escuela inclusiva es la que no excluye a nadie, ya que no hay distintas categorías de alumnos que requieran diferentes categorías de centros. Se acepta a cada alumno con sus características y necesidades. La diversidad es un hecho natural, es la normalidad: lo más normal es que seamos diferentes. Un núcleo insuficientemente atendido ha sido el de los niños que requieren apoyos especiales. Sí se ha impulsado la integración de alumnos con necesidades especiales a escuelas regulares, cambiando así la tradición de atenderlos en centros de educación especial. Este impulso tiene como base, además del enfoque de derechos humanos y normas de la educación nacional, diversas experiencias y estudios realizados tanto en México como en otros países, cuyas conclusiones indican que cuando los niños con necesidades especiales se integran a la escuela regular, tanto ellos como sus compañeros se benefician mutuamente, desarrollan mejor sus capacidades intelectuales, sociomorales, de relación, y se promueven valores y actitudes deseables. La presencia de estos alumnos en una escuela regular lanza un llamado de atención al reconocimiento de las características particulares de cada alumno, de sus intereses y capacidades siempre diversas, y constituye una oportunidad excepcional para promover la convivencia, la comunicación, el respeto... Por otra parte, la integración educativa enfatiza la necesidad de revisar las formas de enseñanza, las relaciones cotidianas entre los diversos actores educativos y la adecuación de los propósitos, contenidos, metodología y evaluación de características particulares del alumno. La integración educativa demanda también cambios importantes en el personal escolar, en los papás, en los alumnos, quienes deben cambiar sus concepciones acerca de la discapacidad, para ajustarla a la de las necesidades educativas especiales y debe acercarse a formas habituales de la escuela regular, para lograr el reto de integrar en un equipo de trabajo común. Existen distintas formas y grados de procurar la integración en una escuela, desde una integración meramente física, en que los alumnos comparten un mismo espacio pero no se mezclan; pasando por una integración social en que se comparten sólo actividades extracurriculares; hasta una integración funcional, en la que todos los estudiantes participan en los mismos programas educativos. Esta última, aunque es difícil de lograr, se presenta como una oportunidad para el aprendizaje de toda la comunidad. Es natural que la integración educativa genere dudas e incertidumbre en los involucrados en este proceso: en directivos, docentes, familias, y aun en los mismos alumnos con o sin necesidad especial. Algunas de esas dudas se irán despejando mientras se ponen en marcha experiencias de integración. Otras requieren de mayor información acerca del significado e implicaciones de la propuesta. Este cambio genera ansiedad, miedo a no saber qué hacer y cómo hay que tratarlos, incertidumbre ante el desconocimiento de las características del alumnado, miedo a que dificulten la actividad docente y perjudiquen el rendimiento de los demás alumnos, temor de que el tiempo que el profesorado dedique a los alumnos con capacidades diferentes vaya en detrimento de la atención que han de recibir los demás... Sin embargo, frente a estas “consecuencias no deseadas”, sería un grave error que, para evitarlas, se recluyera a los alumnos diferentes en un entorno sobreprotegido o que las escuelas rechazaran la integración. Es inadmisible que en León, donde hay tantas escuelas, solamente unas 4 ó 5 estén promoviendo la inclusión o integración de alumnos con necesidades educativas especiales. En León, una escuela integradora obtuvo hace unos meses un reconocimiento de la UNESCO (la institución educativa de la ONU) como escuela pionera en fomento a la integración, por ser innovadora y promotora de la cultura de paz. La integración se puede realizar si hay disposición, buena actitud, ganas, y negativa a decir: “no sabemos, no estamos capacitados...” Yo me preguntaría, entonces ¿qué hacen trabajando en la educación? El reto es sacar adelante a niños que tienen más dificultades, no a los que tienen menos, en su proceso escolar. Es necesario tener conciencia de que todos somos únicos, que hay personas con mayor necesidad de cuidados y que sus ventajas con respecto a ellos, los (y nos) comprometen a reconocer que sólo ayudándose mutuamente se puede hacer de León y México una sociedad con más valores. No es concebible que la misma sociedad leonesa no asuma su compromiso con estos niños y sus familias, pues las 4 ó 5 escuelas inclusivas que hay en León no pueden absorber la responsabilidad que compete a todos: personas y escuelas. Por eso hay tantos prejuicios sociales, como pensar que un niño con necesidades educativas especiales incluído en una escuela regular, sea motivo de atraso para los niños regulares. La educación ha cambiado, se ha resignificado, se ha reconceptualizado y ahora hay nuevas estrategias de apoyo para trabajar en el aula heterogénea. Este es el planteamiento que hace la UNESCO de lo que han de perseguir y de cómo han de ser las escuelas en todo el mundo, y en qué presupuestos se deben fundamentar.
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