Educar para la paz supone ayudar a construir valores y actitudes tales como justicia, libertad, cooperación, respeto, solidaridad, actitud crítica, compromiso, autonomía, diálogo, participación... Y al mismo tiempo cuestionar valores que son contrarios a la paz: discriminación, intolerancia, violencia, etnocentrismo, indiferencia, conformismo...
El análisis de los conflictos, la solidaridad, la tolerancia, el compromiso, la aceptación de la diversidad, la no discriminación, la vigencia de los derechos humanos, la cooperación, el diálogo y las técnicas de resolución de conflictos, forman parte de la educación para la paz. La educación para la paz, tal como hoy se entiende, nace a principios del siglo XX gracias a las aportaciones de organismos internacionales, el movimiento Escuela Nueva y el movimiento de Investigación sobre la Paz, nacido a raíz de las últimas guerras mundiales. Con el nacimiento de la educación para la paz, se reformula el concepto y se vincula la educación para la paz con la educación para el desarrollo. La educación para la paz reposa sobre dos conceptos básicos: el concepto de paz positiva y la perspectiva creativa del conflicto. Se habla de una paz negativa, la “pax romana”, la paz sólo como ausencia de guerra que pone énfasis en la ausencia de conflictos bélicos y violencia directa. Esta concepción penetra en la educación y se evidencia a través de expresiones tales como: “En mi clase nadie habla”. Esto puede ocurrir por temor y no por convicción del grupo. A partir de las investigaciones para la paz de Johan Galtung, el concepto de paz adquirió una nueva dimensión al ser identificado no sólo como contrario a la guerra, sino como opuesto a la violencia estructural, y distinguiendo entre la violencia física directa y la violencia estructural: pobreza, la no atención de las necesidades básicas, represión, privación de los derechos humanos... La educación para la paz pretende alcanzar la construcción de un nuevo orden internacional basado en un concepto positivo de paz, de modo que las relaciones en cualquier nivel (individual, familiar, social, nacional, internacional) tengan como resultado la solución no violenta de los conflictos y la justicia. Este nuevo concepto de paz positiva se caracteriza por considerar a la misma paz como un proceso dinámico y permanente, no como una referencia estática e inmóvil. El concepto de paz se relaciona con el de justicia social amplia y violencia reducida, y con el de desarrollo y derechos humanos. Como consecuencia de las investigaciones para la paz también se reformuló el concepto de conflicto, tradicionalmente asociado con aspectos negativos, violencia y agresión. La educación para la paz entiende el conflicto como un proceso natural relacionado con la existencia humana. Considera que la agresividad es propia del comportamiento humano, no es negativa en sí misma y es necesaria como fuerza que debe ser canalizada hacia actividades útiles. En esta sociedad los mecanismos para resolver los conflictos deberían ser los propios de las capacidades que la inteligencia humana nos permite: la comunicación, el diálogo y la cooperación. Estas capacidades, consideradas básicas de una cultura de la paz, deberían ser aplicadas en todos los ámbitos y escalas de la sociedad: en la familia, en la escuela, en la empresa, en la política, a nivel local y a nivel internacional. Por lo tanto se plantea como un reto educar en y para el conflicto, es decir, aprender a analizarlos y resolverlos de manera no violenta tanto a nivel micro (los conflictos interpersonales en nuestros ámbitos más cercanos: escuela, clase, casa), como a nivel macro (conflictos sociales e internacionales). La construcción de una cultura de la paz es un proceso lento que supone un cambio de mentalidad individual y colectiva. En este cambio, la educación tiene un papel importante en tanto que incide desde las aulas en la construcción de valores de los que serán futuros ciudadanos, y esto permite una evolución del pensamiento social. Los cambios evolutivos, aunque lentos, son los que tienen un carácter más irreversible y en este sentido la escuela ayuda con la construcción de nuevas formas de pensar. Pero la educación formal no es suficiente para que estos cambios se den en profundidad. La sociedad, desde los diferentes ámbitos implicados y desde su capacidad educadora, también deben incidir y apoyar los proyectos y programas educativos formales. Así, es importante generar un proceso de reflexión sobre cómo incidir en la construcción de la cultura de la paz desde los medios de comunicación, desde la familia, las empresas, las unidades de producción agrícolas, desde los ayuntamientos, desde las organizaciones no gubernamentales, desde las asociaciones ciudadanas, etc. Se trata de generar una conciencia colectiva sobre la necesidad de una cultura de la paz enraizada en la sociedad, con tal fuerza que no deje lugar a la violencia. Y se trata de que los gobiernos tomen conciencia de esta cultura de la paz y de los factores y condicionantes que la facilitarían: eliminación de injusticias, distribución equitativa de la riqueza, eliminación de la pobreza, derecho a la educación en igualdad de condiciones... Y, por otro lado, convertir esa conciencia en una nueva cultura de administrar el poder. Educar para la paz es una forma particular de educar en valores. Cuando educamos, consciente o inconscientemente estamos transmitiendo una escala de valores. Educar conscientemente para la paz supone ayudar a construir unos valores y actitudes determinados tales como justicia, libertad, cooperación, respeto, solidaridad, actitud crítica, compromiso, autonomía, diálogo, participación... Al mismo tiempo se cuestionan los valores que son contrarios a la paz: discriminación, intolerancia, violencia, etnocentrismo, indiferencia, conformismo... Así, la construcción de una cultura de la paz fundamentada en los valores anteriores equivale a un compromiso social desde todas las esferas, generando políticas e intervenciones que los refuercen. Vivimos en una sociedad en la que el egoísmo y el materialismo “sonríen, se divierten y aparecen por doquier”. Por eso es importante que desde los centros educativos, desde las aulas y desde las instituciones sociales y políticas, se lanzasen modelos de convivencia para conseguir una sociedad más justa y homogénea y por tanto una sociedad más feliz. Debemos posibilitar a nuestros alumnos, desde el aula, el entendimiento y la sensibilización ante esos problemas para que sean capaces de emitir juicios críticos y adoptar actitudes y comportamientos basados en valores racionales y libremente asumidos. Diríamos que, educativamente, pretendemos un proceso de enseñanza-aprendizaje de la cultura de la paz, que implica una ética personal y social fundamentada en la convivencia en libertad y en igualdad, es decir, plenamente democrática.
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