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He insistido, en diversos espacios, sobre el hecho de que aquel que se dedica al oficio político -si es que existe como tal- en nuestro país avanza no por las propuestas o el trabajo realizados, sino por lograr eliminar a su adversario, enfatizando sus fallas, criticando sus acciones y mermando en su imagen como funcionario público. De esta forma, no gana el que más sume, sino el que pierda menos. Todo se reduce a una vulgar pelea callejera, donde saldrá victorioso aquel que resulte menos herido, aunque, al final, todos los adversarios saldrán lastimados y ninguno ganará en realidad.
Se puede escuchar comúnmente el término “ganar-ganar”. En este caso, lo que se busca es “hacer perder para ganar”, lo cual se traduce para la población como “perder-perder”. Sin duda, la actividad política nacional carece, en muchos casos, de sustancia, de resultados que nos permitan evolucionar como sociedad. Es cierto que hay logros, eso no puede ocultarse. Sin embargo, los mismos simplemente nos permiten mantener el status quo. La colaboración entre rivales políticos se da por mera conveniencia, para no perder el equilibrio. Lo más desafortunado es que estas batallas campales no se dan solamente entre enemigos de distintos partidos políticos. Se dan también, y quizás con mayor intensidad, entre correligionarios del mismo partido. No importa el color, importa la victoria personal, el poder por el poder mismo. No aplica el hacer y dejar hacer. No es posible trabajar en equipo. Es una verdadera desgracia. Un ejemplo de pugnas entre partidos: recientemente se aprovechó el ya célebre librogate de Enrique Peña Nieto con resultados mixtos. Por un lado, ha conseguido una horda de detractores, quienes un día sí y el otro también se rasgan las vestiduras por el garrafal error del líder en las encuestas de la próxima elección presidencial. Sin embargo, también ha conseguido una oleada de seguidores en su cuenta en las redes sociales. Ernesto Cordero pretendió criticar el analfabetismo del ya casi ungido candidato priista, pero, para su mala fortuna, cambió el nombre de la autora de uno de los libros que más lo han marcado. Otro ejemplo más, pero entre compañeros. Los útiles ejercicios de intercambio de ideas de los aspirantes blanquiazules a la Presidencia terminaron mal. La estrategia ha cambiado. Ahora que se encuentran más cerca de los procesos de elección internos, es predominante menoscabar la popularidad de la puntera a toda costa. Así que Ernesto Cordero ha recurrido a una serie de ataques en contra de Josefina Vázquez Mota. ¿Qué valor podrán aportar a los militantes de este instituto político si siguen con esta serie de ataques? En el caso de la izquierda, la historia es la misma. Su virtual abanderado se ha caracterizado por su personalidad combativa, tendiente a desacreditar todo y a todos. No debe olvidarse que hace algunos años se autoproclamó el presidente legítimo e incluso armó su propio gabinete. Ni hablar. El político habita en la casa del jabonero, donde el que no cae, resbala. Todos los que buscan hacer una carrera en la función pública, inevitablemente, deberán ser víctimas del escándalo, de la injuria, de los ataques. Esto genera impotencia y enojo a los que hemos decidido participar como espectadores. Pero ese es el punto neurálgico. Los ciudadanos también decidimos mantener el equilibrio. No podemos dejar de lado que somos una parte esencial de la ecuación, ya que nos toca elegir a nuestros gobernantes a través del voto. Así que podría concluirse que los últimos responsables de este ciclo “perder-perder” somos los electores. Mi correo:
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