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Los recientes secuestros de los periodistas en Gómez Palacio, Durango, han motivado a muchos agremiados a pronunciarse nuevamente en contra de la estrategia que el gobierno federal ha seguido en la guerra que libra en contra del narcotráfico. Los reporteros salieron ilesos y únicamente fueron víctimas de un “susto”; sin embargo, se ha vuelto evidente que el papel que los comunicadores han jugado hasta ahora en la difusión de información no ha sido el más adecuado, algunos de ellos sin querer y otros con toda intención han servido a los narcos para llevar su mensaje a la población mexicana.
La opinión pública se ha polarizado en torno a los delincuentes: existe un amplio sector de la población que admira a los narcos y aspira a ser como ellos, pero también hay quienes les temen y esperan nunca ser alcanzados por el daño colateral que toda guerra implica. Las canciones, videos e imagen de los grupos de música duranguense, banda y norteña, entre otros géneros musicales (que han distorsionado un mucho o un poco la música popular mexicana), han servido como un medio excelente para posicionar de manera favorable para el hampa la imagen de los narcotraficantes. Se han convertido en un modelo aspiracional que pretende emular un sector de la población que comprende ya varias generaciones de mexicanos, con pocas oportunidades para cubrir sus necesidades básicas, que solamente sueñan (cuando el estómago vacío se lo permite) lograr sus metas trabajando en la legalidad. El sábado, en la ciudad de México, salieron a marchar alrededor de 750 comunicadores que exigían mejores condiciones de seguridad para la realización de su trabajo; en la manifestación, se podían leer mantas con leyendas como “Fin a la impunidad; si no hay periodistas, no hay información”... Pero me pregunto: ¿a quién le enviaban el mensaje? ¿A las autoridades, a los delincuentes o a ambos? Los medios creen encontrarse entre la espada y la pared. No ven como posibilidad perder la nota de primera plana cuando la competencia está presta a explotar el morbo de la audiencia para vender unos cuantos ejemplares más o aumentar en unos cuantos puntos el rating; deciden publicar cualquier noticia impactante que consideran digna de las ocho columnas sin antes reflexionar en las implicaciones que la nota tendrá en la vida de los familiares de las víctimas, de las figuras públicas o en la publicidad gratuita que ofrecen al hampa y que tanto daña la poca cohesión existente entre los mexicanos. Los narcotraficantes han demostrado una inteligencia que supera todas la expectativas, han engañado a las autoridades, la población ha recibido su mensaje y los medios han servido como lo que son: medios para difundir su estrategia y son precisamente algunos de los comunicadores quienes han dado una ventaja asombrosa a los delincuentes al posicionar en la psique de los mexicanos la relativa derrota de las autoridades en contra del crimen organizado. Pareciera que los narcos han estudiado a Maquiavelo, Sun Tzu y Robespierre. Han implementado un reino del terror donde cuentan con varios Amigos del Pueblo (medio impreso que sirvió durante la Revolución francesa para movilizar al pueblo francés en contra de todo aquel a quien se considerara contrarrevolucionario) y donde al parecer del escrutinio público, toda acción que el gobierno realiza no surte ningún efecto positivo. Como menciona Carlos Puig en su columna del periódico Milenio, los medios de países que han enfrentado situaciones complejas de violencia similares a la que estamos viviendo en México decidieron cambiar sus posturas mezquinas y “sube-ratings”. Dejaron de convertirse en difusores de información que poco beneficia a la seguridad de la población y, mediante el establecimiento de convenios, el gremio se unió a favor de una real y solidaria libertad de expresión, ejercieron su función comunicadora responsablemente, lograron que en Colombia los directores de algunos medios firmaran el “Acuerdo de la Discreción”, que al final enuncia: “Preferimos perder una noticia que una vida”. ¿Estaremos listos como mexicanos para realizar un acuerdo de tal magnitud, donde se anteponga el deber moral sobre los egos profesionales y la ambición económica? Abundan los medios que tergiversan la realidad, que sin calidad y sin profesionalismo se escudan bajo el derecho a la libertad de expresión... Se han olvidado de la responsabilidad que implica el oficio periodístico y que este se encuentra por encima de los egos personales y las pretensiones monetarias.
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