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Falta menos de un mes para celebrar el Bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia de México y, a casi doscientos años, la brega parece no tener fin. De forma incesante, se ha mantenido el conflicto hasta nuestro días: desde 1821, año en que se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, los líderes de la nación no han podido dejar a un lado sus intereses personales, inmediatos y de grupo. Su visión miope, mezquina y de corto plazo nos ha negado la oportunidad de acceder a una política conciliadora que nos permita lograr cohesión como país y obtener la verdadera libertad que el pueblo mexicano tanto anhela.
La imposición de ideas entre bandos opuestos dio origen a la lucha que nos llevó a la “emancipación” de España. Desde entonces, el contraste ha persistido hasta el día de hoy con diferentes actores, republicanos contra imperialistas, conservadores y liberales, revolucionarios y porfiristas, panistas y priistas, calderonistas, lopezobradoristas y neopriistas... todos han intentado imponer sus ideas a través de la política, la lucha armada y la verbal, dando como resultado el evidente distanciamiento de una madurez social, política y económica que se manifiesta en la polarización que la sociedad mexicana vive cada vez con más intensidad. La precariedad económica en la que viven 40, 50 ó 60 millones de mexicanos -según la fuente que se consulte- ha hecho posible que la oposición de ideas alimente continuamente el ego y poder de los caudillos, mesías, líderes o como se les quiera llamar, que no han hecho más que sumergir al país en la pobreza, desigualdad, desinformación, pero sobre todo en la falta de libertad de pensamiento y decisión del rumbo que México debe asumir para el siglo en que nos encontramos, el siglo de México. Los políticos, en su intento de demostrar que tienen la razón y en la ausencia de acuerdos entre diferentes bandos, han mantenido el statu quo a expensas del bienestar de la población. Paradójicamente, al mismo tiempo, pretenden ponernos al corriente en el atraso económico que vivimos y avanzar en la mitigación de la pobreza y otros males que nos oprimen. Tenemos que sacrificar, en la medida que sea necesario, nuestro presente por un mejor porvenir. Las medidas para corregir los traumas que aquejan a la nación serán invariablemente dolorosas y, por supuesto, impopulares en el corto plazo; nuestra herencia imperial, conquistadora e impositora nos ha orillado a pensar que la única forma de lograr cambios para el pueblo es la imposición de nuestra forma de pensar y de vivir perdiéndonos siempre en el camino para lograr el cambio. Son muchos los que alzan la mano para defender al país y al pueblo. No necesitamos guardianes de las tradiciones y de la nación; las tradiciones se mantienen vigentes en el sentir y actuar de los mexicanos. Lo que realmente requerimos con urgencia son líderes y liderazgos que estén dispuestos a actuar en favor del futuro de México, el cual sólo se podrá alcanzar a través de legislaciones eficientes, no sesgadas y adecuadas a nuestra realidad. Hasta el momento, se ha ignorado el mal que nos subyace: siguen peleando batallas innecesarias y con esa decisión han elegido preservar para generaciones futuras la pobreza, la mediocridad y la marginación económica y social. No existe razón alguna para ligar la vida nacional y mucho menos la libertad individual de los mexicanos a los periodos electorales. Para poder lograr la reconciliación, tenemos que diferenciar y deslindar los periodos electorales de los objetivos que México debe fijarse y perseguir. Los verdaderos líderes y el pueblo debemos diseñar de forma conjunta y desinteresada un plan que vaya más allá de incipientes y trillados discursos de campaña, de tal forma que deje de ser relevante quién gobierne y de qué corriente provenga. El destino de la nación debe trazarse y plasmarse explícitamente en la Constitución; las leyes deben estar siempre por encima de todo interés personal y de corto plazo. La forma en que hemos querido cambiar la suerte de los mexicanos es, a los ojos de propios y extraños, errada. Lo más sabio es cambiar de dirección; aún estamos a tiempo de “cambiar de jinete” y de disciplina; de lo contrario, el fondo de un precipicio será nuestra tumba. La política que México necesita y merece es la política del siglo mexicano, del siglo que vivimos. Debe ser la política de la reconciliación, de la reconciliación política, social y económica, que no sólo maquille y esconda las heridas y cicatrices del rostro del país, sino que asimile y sane de forma permanente la polarización que nos ha contaminado por el pasar de ya casi dos siglos de contrastes, y que sacrifique de una vez por todas el presente por el porvenir.
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