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Un país que se conduce sin liderazgo está condenado al fracaso, al olvido, a la pérdida de protagonismo en la escena política internacional; pero sobre todo y lo más peligroso: se expone al desgarramiento de su sociedad, a la pérdida de sus valores y su identidad.
La política y los políticos de nuestro México sufren desde siempre de un enorme desprestigio que crece día a día. Cada vez son más las personas que dicen estar decepcionadas de la clase política, se muestran indiferentes y se dan la vuelta antes de siquiera cuestionar de forma contundente e inteligente en los espacios adecuados su inconformidad. Históricamente nos hemos comportado como una sociedad indiferente ante los atropellos diarios de nuestra libertad y nuestra democracia a manos de la autoridad; nos gustan los cambios de timón de 180 grados. Nuestro desconocimiento de la historia nos orilla súbitamente a apoyar movimientos “románticos” y radicales que no traen sino más problemas e incrementan la polarización entre todos los mexicanos y mexicanas; no hemos logrado entender que la democracia es un camino que nunca termina y que la única opción es seguir avanzando. En ocasiones iremos más rápido y en ocasiones más lento, pero por ningún motivo podemos permitir que perdamos nuevamente el rumbo. La construcción de la nación que queremos y nos merecemos nos necesita a todos, es nuestro deber exigir más transparencia, que sólo se puede lograr con más participación ciudadana; cada quién elige dónde participar, los espacios son interminables. En algunos la incursión es más difícil pero no imposible, todo depende de la determinación con que lo hagamos: foros ciudadanos, empresas con responsabilidad social, asociaciones civiles y en el mismo Gobierno (que en ningún lado de nuestra Constitución se le reserva únicamente a la clase política, a pesar de la contrarreforma electoral de 2008, que claramente otorga un control casi total de la política a quienes menos lo merecen: los políticos). Es en esos casos donde nuestra desaprobación debe ser enérgica y determinante. Ahora contamos con herramientas en extremo poderosas que no pueden ser controladas por nadie; ni siquiera los Gobiernos pueden hacerlo. Lo mejor de todo es que estas armas están en manos de todos nosotros. Las redes sociales han modificado enormemente la interacción de la sociedad; ahora podemos apoyar y desaprobar en tiempo real en una comunicación bidireccional las acciones de nuestros gobernantes. En estos tiempo tiempos electorales, al igual que en los pasados, los que aspiran a representarnos no proponen nada nuevo y no tienen por qué hacerlo, sus propuestas en muchos casos son acertadas y están llenas de buenas intenciones. Somos nosotros los que con nuestra apatía permitimos que las promesas de campaña nunca lleguen a cristalizarse; somos nosotros los que les ponemos en sus bolsillos nuestros recursos, nuestro dinero y también somos nosotros los que nunca hacemos nada por que se castigue a los que dilapidan nuestro patrimonio. La mayor falta de liderazgo no está en los políticos, ellos cumplen sus metas y objetivos: retienen el poder, ensanchan sus arcas y las de sus allegados, pero nosotros siempre permanecemos viendo desde la tribuna; permitimos con nuestra apatía y enorme falta de interés que 52 millones de personas vivan en la pobreza; que 3 millones de personas que buscan empleo todos los días no lo consigan; que casi 13 y medio millones de personas sean vistas por las autoridades como delincuentes por ganarse la vida trabajando en el llamado sector informal. Somos nosotros, los ciudadanos, los que carecemos de liderazgo. La participación ciudadana actual no es suficiente, debemos participar más. De acuerdo a Mancur Olson, el Gobierno es un bandido y se comporta como un virus, un ente al que nunca podremos erradicar pero con el que tenemos que convivir y al que con fuertes dosis de democracia, participación ciudadana y transparencia podemos mantener a raya para llevar una vida de prosperidad donde todos los días se genere un mayor bienestar para todos.
@hugoicampos
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