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El escenario es claro y notorio para cualquier mexicano que la semana pasada haya leído los diarios, aun cuando fuera "a vuelo de pájaro": Dos primeros mandatarios de extracción panista -uno en funciones y otro, su antecesor inmediato- dirimen ante la opinión pública sus diferencias acerca de un tema que hoy lastima profundamente a los mexicanos: la guerra al narcotráfico y la inseguridad derivada de esa misma batalla.
No es común que un ex presidente critique así Ejecutivo que le sucedió. Ni tampoco es fácil, la confrontación: cualquiera podría cuestionar que el alegato de Fox, el ex mandatario, es "cosa juzgada", puesto que él mismo pudo deshacer o al menos corregir la criminalidad cuando estuvo al frente de la República. La respuesta de Calderón fue precisamente en ese sentido: a la crítica de Fox sobre los supuestos yerros para garantizar la seguridad nacional, la respuesta del actual presidente fue en ese tenor: sus antecesores (Vicente incluído) ignoraron el tema. De este pleito "a los cuatro vientos" surgen dos aristas dignas de análisis. La primera tiene un sesgo político y electorero. Ambos, Vicente y Felipe, llegaron a la Presidencia de la República por un mismo partido. Para una cantidad nada desdeñable de mexicanos que no simpatizan con su partido, ese pleito es una prueba más de la crisis que padece Acción Nacional. Hay muchas vías, más dignas, para que un ex mandatario comunique al Presidente en turno su desconcierto, inconformidad o abierta oposición respecto de algún tema. En este caso, al exponerlo mediáticamente, en cambio, se corre el riesgo de llevarlo a los terrenos que pisan ellos y nos hacen pisar a todos, a banalizarlo, a que la sustancia de la discusión se vuelva irrelevante, a que la nota periodística lo diluya y sólo exhiba el abierto pleito entre ambos. Como se ve, las luchas de poder al interior del panismo están dándose en todos los niveles y en todos los tonos. Esta sería una “buena noticia” para los partidos opositores. Pero, considerando que el PAN es el partido en el poder, para nosotros los gobernados es un espectáculo ruin. Viene luego la segunda arista, que implicaría dar la razón a una de las dos personalidades, porque es momento de tomar partido: las estrategias de ambos son radicalmente opuestas, se diría que irreconciliables. En el sexenio de Fox, el combate al crimen organizado nunca fue prioridad del Estado mexicano: con cifras puede verificarse por ejemplo la cantidad de "capos" encarcelados, o de decomisos, o del consumo nacional de estupefacientes, entre otros factores. Y radicalmente opuesta, pues, surge la propuesta de Calderón: la principal prioridad del gobierno federal -según lo demuestran los hechos y la propaganda- fue declarar la guerra al crimen organizado en una acción que se tomó desde 2006, guerra que se vive en las calles de los cuatro puntos cardinales del país, con un saldo calculado ya en 28 mil muertos. Entre la logística de ambos, la de Fox y Calderón, cabe probablemente un sinnúmero de alternativas de combate el crimen organizado. Y es aquí justamente donde la historia pudiese no darle la razón a ninguno. Hay quienes proponen legalizar las drogas; otros piden socavar las actividades financieras de los cárteles; otros -me incluyo- opinamos que la única forma de disminuir la producción de drogas –con los problemas que conlleva- es combatiendo el consumo. Lo único cierto es que queda expuesta otra lucha interna más del partido azul. La crítica a las estrategias de guerra al narcotráfico es complicada, en tanto incluye un tema de seguridad nacional. Pero, si se piensa electoralmente, podríamos obtener el mejor aprendizaje de nuestro vecino del norte: las guerras prolongadas se convierten en grandes derrotas electorales. Hasta el próximo lunes.
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