RATAS EN SOCIEDAD PDF Imprimir E-mail
Escrito por LAF Ignacio Ramírez Sánchez   
Lunes, 05 de Diciembre de 2011 01:21
Hace algunas semanas leí una popular fábula que usan los "regios" para explicar cómo la sociedad de la más innovadora y económicamente pujante ciudad mexicana, Monterrey, sucumbió primero ante el encanto del crimen organizado, para después pasar al subyugo y al terror que significa vivir entre asesinos.
La fábula, cuya moraleja no está escrita sino -mucho peor- asimilada a la vida cotidiana de quienes habitan "La Sultana del Norte", tiene que ver con la vida de las ratas y su interacción con los seres humanos: ambas especies conviven en cualquier comunidad que les acomode, pero rara vez suelen mezclarse entre sí para jamás confundir sus roles: el de las ratas siempre serán un peligro real para el ser humano.
Esta comparación sirve de punto de partida para obviar el hecho de que estos roedores están confinados a lo que es su hábitat natural: los basureros, los drenajes y demás lugares pestilentes donde suelen encontrarse de manera natural, relativamente ajenos e indiferentes a la vida diaria de sus contrapartes humanas.
Hasta aquí es equiparable el comportamiento de estos mamíferos repugnantes con la delincuencia común de cualquier nivel: sabemos que existe, que vive y opera en las zonas más conocidas y más delictivas de la ciudad y que, acudir a colonias identificadas sobradamente como riesgosas, representa un riesgo seguro para cualquiera que se aventure en ellas.
Regresando al ejemplo: cuando las ratas se multiplican -como en efecto lo hacen, y además exponencialmente- y requieren salir de su entorno para sobrevivir, entonces invaden inesperadamente las casas en búsqueda de alimento y de un lugar propicio para su reproducción. Sólo entonces, quienes padecen la plaga, deciden súbita y reactivamente aplicar algún tipo de veneno que termine con tal riesgo para los hogares infestados ya.
Equiparando esta fábula con la vida compartida entre delincuentes y sociedad, el "veneno" más efectivo para inhibir el agravio de los otros "roedores", los delincuentes organizados o -digamos- independientes-, son los cuerpos policiacos y las instituciones encargadas de impartir la justicia. Sería éste el escenario idóneo para mantener la armonía social y la integridad física y patrimonial de cada persona.
Sin embargo (volvamos al ejemplo inicial), en su afán de reproducirse y vivir a costa de la sociedad en general, los roedores son hasta admirables: se organizan y emprenden dos fórmulas que pervierten malamente toda organización que estorbe sus fines.
Así ocurre con sicarios, delincuentes "menores" (es una forma de decirlo, pues ningún delincuente lo es) y la alteración de la vida comunitaria, tal como la consuman en perjuicio de la sociedad.
La primera fórmula referida dos párrafos antes, es la del viejo, conocido y exitoso proceso ya consagrado en México para inyectar el único "contraveneno" que podría realmente desactivar las acciones criminales: corromper los cuerpos de seguridad.
De frontera a frontera, policías preventivas, investigadores, jueces y funcionarios vinculados a la procuración de justicia, se entregan sin reparo o por coacción al servicio del crimen organizado.
Resultado: la sociedad queda sin ese único veneno efectivo que podría –al menos- detener su crecimiento y la organización de las ratas.
La segunda fórmula, que es una letal metástasis de la primera, ocurre cuando estos mamíferos logran convivir en sociedad con diversas instituciones de influencia en nuestras comunidades, al punto que acaban por no diferenciarse roedores y humanos.
Neutralizado el veneno que impide su crecimiento, y con inteligencia mayúscula para organizarse, en Monterrey supieron cómo permear el mundo de los negocios y de la alta sociedad nuevoleonesa: invirtieron aquí y allá en mansiones dentro de los mejores fraccionamientos, emprendieron vistosos negocios en las zonas más caras de la urbe norteña, inscribieron a sus hijos en escuelas exclusivas –algunas incluso de supuesto gran prestigio religioso- y clubs, compartieron el pan y la sal con los más notables personajes sociales en bodas, bautizos, cumpleaños y hasta celebraciones con la autoridad. Se reunieron, se unieron, unos y otros como iguales.
Lo que sobrevino luego es de conocimiento público, aun cuando el terror alcanzó proporciones inconmensurables: 2,000 ejecutados por año en la capital de Nuevo León, sin importar el lugar, el momento, si eran ciudadanos de provecho que vivían dentro de la ley... o pertenecían, pues, a las "ratas".
¿Estamos preparados en León para mantener a raya a "roedores" así de repulsivos? ¿Juegan aún las autoridades del lado de la sociedad, incuestionablemente? ¿Sabremos los leoneses cómo rechazar siempre a esas "ratas" aunque lleguen con el encanto de ofrecernos el oro y el moro, con sus tan vistosos y acostumbrados arrebatos económicos?
Hasta el próximo lunes.

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