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No sé hasta cuándo en México nos atreveremos a dar el primer paso al cambio que tanto requerimos. Estoy seguro que todos los días los ciudadanos estamos haciendo conciencia del rol que debemos tener en la vida cívica de nuestro país, pero no sé si por miedo, desconfianza, desconocimiento, falta de compromiso o todo eso junto, todavía no nos atrevemos a dar ese paso decidido, que hará eco.
Hace una semana tuve el gusto de reunirme con un grupo de empresarios de diferentes sectores y edades. En la sobremesa se abrió un debate muy interesante, en el cual discutimos la situación actual de nuestro estado, de nuestro país y del entorno político, social y económico internacional. El ejercicio de debate fue sin duda muy enriquecedor, pues al inicio (como todo) se denotaron algunas posturas (preferencias) más bien partidistas, pero conforme se desarrolló la plática cada uno tomó una postura de papá, empresario, guanajuatense y mexicano... Fue en ese momento cuando los reclamos e inconformidades se volvieron propuestas e interés de participar en pequeños cambios que pueden marcar la gran diferencia. Estoy convencido que la vida democrática de un país inicia en casa, en la oficina y en los núcleos de amigos. El debate es y será la mejor herramienta para diseñar estrategias de cambio, y la guía para llevar a las comunidades a un desarrollo de crecimiento sostenido. No siempre hay que estar de acuerdo con ciertas posturas o propuestas, pero no se vale radicalizar y prestar oídos sordos a las propuestas de los demás, todo, sin perder el objetivo final: apostar por el consenso democrático para el bien común (no personal ni partidista). El miércoles 3 de febrero acudí al Centro Fox, a la ponencia denominada “México ante la crisis mundial”. El título de la misma llamó mi atención y el conferencista, Francisco Gil Díaz, economista, presidente de Telefónica México, consejero del banco internacional HSBC y ex secretario de Hacienda y Crédito Público (2000-2006) sin duda tendría mucho que platicar, debatir y analizar. 8:30 a.m. Día lluvioso. Motivado por lo que mis oídos escucharían, el frío, pasó a un segundo plano. El recibimiento, acogedor. La expectativa al 100%. Poco a poco el salón se fue llenando; algunas caras conocidas, otros, con gusto de ver al ex-presidente Fox. Gente de otros estados se acomodaba y entre sorbos de un rico café caliente, se anunciaba la tercera llamada... “Muy buenos días. Bienvenidos al Centro Fox, un espacio para crecer y para creer”. Vicente Fox daba la bienvenida con su acento característico: “Tengo el gusto y honor de presentar a un hombre que fue de gran apoyo para mi gobierno y que le dio a México la estabilidad que todos ustedes gozaron por seis años... “ “Esto sin duda se va a poner muy bueno, hay mucho que escuchar” (pensé en ese momento). Pluma y papel en mano, estaba listo para hacer anotaciones y preparar algunas preguntas que me ayudarían a resolver temas que quizás estaba criticando sin fundamentos. El tema lo ameritaba, ¿no?: “México ante la crisis mundial”. 9:02 a.m. Tomando ya la palabra, Francisco Gil decía: “Hace unos meses me encontré a los señores Fox en un aeropuerto y me invitaron a dar una plática en este maravilloso lugar... “ ¡Ya, por favor, empieza...! ¡El tema es extenso e importante y no quiero que el tiempo se disipe en protocolo y saludos...! Mi mente estaba ansiosa e inquieta. ¡México no puede esperar! Adelante, señor ex secretario... 9:10 a.m. “Antes de iniciar la plática, quiero aclarar que no hablaré de la situación actual de México ni de las políticas públicas, ni haré comentarios de lo que hice durante el periodo del presidente Fox, ni de lo que hoy está haciendo el actual secretario... Ni durante mi plática ni al final de la misma aceptaré contestar preguntas relacionadas... “ ¿Queeé? ¡No puede ser! La gente empezó a murmurar, volteé a ver a mis compañeros de lugar y nos hacíamos la misma pregunta: ¿Escuchamos bien? ¿De qué hablará entonces?... ¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos da miedo el debate? No se vale argumentar “respeto” a la labor que hace o deja de hacer un funcionario. ¿Por qué no nos gusta correr riesgos? ¿Acaso nos gusta vivir en el mundo color de rosa donde “todo está bien”? ¡Creo que no! ¿Por qué ellos sí? El presidente Obama dedicó casi dos tercios de su primer informe de gobierno a las tribulaciones económicas que siguen ocupando la mente de los estadounidenses. Puso énfasis en sus ideas, algunas nuevas (la mayoría no tanto) para reanudar el crecimiento de los empleos, reducir los déficits fiscales y cambiar a un Washington polarizado, “donde cada día parece día de elecciones”. Comparó a Estados Unidos con otros países. “Washington nos ha dicho que esperemos por décadas, incluso mientras empeoran los problemas. En tanto, China no espera para reformar su economía, ni Alemania, ni India”. Varias preocupaciones citadas por Obama están en las raíces de las emociones de los votantes que alguna vez lo apoyaron decididamente y ahora lo están criticando como gobernante. Los demócratas temen que el decremento en los niveles de aceptación del presidente acabe por dañarlos en las elecciones legislativas de noviembre, cuando también se elegirán gobernadores. Apenas la semana pasada, los republicanos se apuntaron una victoria inesperada al ganar el escaño senatorial que durante años ocupó el fallecido Edward M. Kennedy. Los republicanos aplaudieron al presidente cuando ingresó en el Congreso e incluso inclinaron la cabeza y dieron la bienvenida a la primera dama Michelle Obama, cuando ocupó su asiento. ¡Bueno, es que “es Estados Unidos y eso sólo pasa ahí! Pero... ¿por qué ellos sí? El pasado 29 de enero el ex primer ministro británico, Tony Blair, compareció ante la comisión que investiga la legalidad de la invasión de Irak. Blair contestó sobre la presunta ilegalidad de su decisión de enviar a 45,000 soldados a Irak en la invasión de 2003 para derrocar al dictador Sadam Hussein, y para responder a las acusaciones de engaño al público por declarar que el país árabe poseía en ese momento armas de destrucción masiva. ¡Claro! Es normal, todos tenemos que responder a cuestionamientos hechos por aquellos que nos han dado el privilegio de servir, ya que las decisiones tomadas tienen consecuencias buenas y malas que favorecen o perjudican a una mayoría... Entonces, ¿por qué no hablar de lo que se hizo o dejó de hacer en nuestro país? ¿Hasta cuándo cambiaremos esta mentalidad retrógrada de ocultar lo que nos conviene o de no enfrentar con un debate de nivel los temas que urgen? ¿Por qué ellos sí?...
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