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San Pedro de los Hernández estaba de fiesta, porque dos de sus hijos se ordenaban para el sacerdocio jerárquico, pues también Juan Gabriel Hernández sería ordenado sacerdote el mismo día, por lo que decidimos ambos que la fiesta sería en conjunto
Después de que había recibido la noticia de que sería ordenado diácono, fui al oratorio para darle gracias a Dios por haberse fijado en mí; me sentía alegre y completamente feliz. Estaba ya a casi un mes de la ordenación, y después de haberme pasado un momento en oración ante el Sagrario, me comuniqué con mi familia para darles la buena noticia. Ellos habían estado rezando mucho por mí, y la noticia fue de gran alegría.
Después de eso, me dispuse a estudiar en mi dormitorio, y no cabía la alegría en mi corazón. Se notaba en mi rostro y en el de mis demás compañeros, la alegría inmensa que nos embargaba en ese momento. Nos reunimos para el rezo de las vísperas por grupos académicos, y mis tres compañeros: Manuel, Édgar y Eleazar, compartimos los sentimientos que afloraban en ese momento. -¿Te acuerdas Manuel, cuando entramos muy niños al Seminario?, preguntó Édgar. -Sí, me acuerdo de nuestras ilusiones, de nuestras travesuras, y me acuerdo que estabas muy gordito también, dijo Manuel bromeando. -Éramos todos unos niños esperando este momento tan importante. El día de nuestra ordenación, intervine. -Aunque apenas es el diaconado, ya es una consagración definitiva, dijo Eleazar. -Ahora no nos queda más que prepararnos a ese gran momento, intervine nuevamente. -¿Y van a hacer fiesta?, preguntó Eleazar. -Pues eso es lo de menos, ya veremos en su momento, o a ver qué hacen nuestros familiares. Eso dejémoselo a ellos, dijo Manuel. -Tienes razón, coincidimos todos. Luego, nos dirigimos al comedor para el momento de la cena. Ese momento fue una ovación entera por parte de los demás compañeros de los demás años. A cuanto nos encontrábamos, nos felicitaban por la noticia o nos bromeaban; pero todo en señal de algazara por esta nueva noticia. Después, se nos comunicó que los ejercicios espirituales, serían en la montaña de Cristo Rey, y que serían impartidos por el P. José de Jesús Ortiz Ayala, actual capellán del monumento. Mientras, nuestras familias se prepararon para tal acontecimiento, y mi familia me preguntaba en dónde quería que se me hiciera una pequeña fiesta. En realidad, aunque yo estaba sumamente contento por la noticia de mi ordenación diaconal, sin embargo, no se me había olvidado la promesa que le había hecho a mi amigo Felipe, que la fiesta la haríamos juntos, y aunque él ya no se encontraba en este mundo, quise que la fiesta también fuera dedicada a él, y no quise pasar por alto invitar a su familia. De manera que, me dirigí a Irapuato a la casa que muchas veces visité de adolescente, para encontrarme con su familia, especialmente con su mamá, para invitarla a tal acontecimiento. En cuanto ella me vio, ni siquiera tuvo palabras para recibirme, sino que los dos nos fundimos en un abrazo filial y maternal, y después de comer, les di la gran noticia, y que les esperaba en mi ordenación. La señora, con una gran nostalgia, me prometió que en nombre de su hijo con todo gusto aceptaba la invitación. San Pedro de los Hernández estaba de fiesta, porque dos de sus hijos se ordenaban para el sacerdocio jerárquico, pues también Juan Gabriel Hernández sería ordenado sacerdote el mismo día, por lo que decidimos ambos que la fiesta sería en conjunto. Un sacerdote y un diácono, ambos de la misma comunidad. Por lo pronto, nos dirigiríamos al lugar de los ejercicios espirituales en los que reflexionamos acerca del don tan grande que Dios nos concedería en ese momento. El P. Jesús Ortiz fue muy claro, y dijo que todos nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, y todo nuestro ser, sin reservarnos nada, sería para Dios; no había excusa, era una consagración definitiva, después de 12 años de formación, se llegaba el gran momento. Así, transcurrieron los días de la semana de ejercicios, y al regresar, estaba todo dispuesto para un momento clave en la consagración: era la promesa de celibato que solemnemente haríamos ante toda la comunidad del Seminario que ya nos esperaba en la capilla. Llegamos un poco tarde, y nos dispusimos a revestirnos con nuestras sotanas negras, y prometer sobre el libro de los Evangelios que guardaríamos por toda nuestra vida, el celibato. Después, nos acercaron las actas que tendríamos que firmar y quedarían en el archivo. En ese momento, sentí cómo mi vida pasaba a ser no ya de mi propiedad, sino de Dios mismo. Mi mano temblaba, mi estómago me reclamaba, y mi cabeza explotaba. Sin embargo, mi corazón se alegraba pues era un momento definitivo y necesario para la consagración que sería al día siguiente. Una vez firmado aquel documento, no habría marcha atrás. Después de ese acto solemne, pasamos a cenar al comedor, y seguíamos siendo objeto de felicitaciones y bromas de parte de nuestros compañeros, hasta que finalmente transcurrió el día, y llegó la noche amable. Me quedé largo tiempo ante el Sagrario, y pedía del Señor el don de la fortaleza para la fidelidad, pues a partir del día siguiente, ya no me pertenecía a mí, sino únicamente a Dios. En esa noche, casi no pude dormir, incluso soñé con la ordenación, y entre la vigilia y el sueño, se pasó la noche entera. Me tomé una ducha, y me dispuse a vestir mis ropas clericales que nunca había usado. Me sentía extraño, pero me sentía feliz. El padre Carlos Muñoz, director espiritual, nos llevó en su camioneta hacia la Catedral... y ahí aparecimos en el recinto donde ya no seríamos los mismos al entrar que al salir... era el día esperado. Todo mundo aguardaba. La Catedral estaba llena esperando el gran momento.
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