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Sentí que en ese momento, todo lo que había a mi alrededor desaparecía, y que era Jesús quien se dirigía a mí, que me pedía estar atento a su llamado, que procurara poner atención en la vocación a la que me había llamado, y atendiera a cada uno de sus hijos, especialmente a los pobres y alejados
El 15 de diciembre de 2001, llegué a la catedral de León, para ser ordenado diácono. Mi papá y mi mamá estaban ya presentes a la entrada de la iglesia; mi madre se veía bella y elegante con su indumentaria humilde y con unos zapatos de tacón que después le cobrarían su factura, pero todo valía la pena en ese gran día para la familia. Por su parte, mi papá había comprado su sombrero nuevo y su camisa vaquera; se veían joviales, aunque su rostro no podía evitar el nerviosismo ante un acontecimiento tal.
Después de saludarlos, comencé a revestirme con el alba (túnica blanca que usan el diácono y el sacerdote) mientras iban llegando de uno en uno los sacerdotes que nos acompañarían. En cuanto se iba llenando la sacristía, que en esos días fue improvisada en la capilla de San José María de Yermo y Parres por la remodelación de la actual, nos íbamos volviendo foco de saludos y felicitaciones de los sacerdotes concelebrantes y demás personas. En tanto, el padre Jesús Salazar, ceremoniero del obispo, proporcionó a nuestros papás los ornamentos propios del diácono, que consta de dalmática y estola, para llevarlos también en procesión hacia el altar. Finalmente, llegó el obispo, Mons. José Guadalupe Martín Rábago, y se dirigió a nosotros con mucha amabilidad preguntándonos cómo nos sentíamos, al mismo tiempo que se dirigía a nuestros papás, agradeciéndoles la generosidad que habían tenido en donar a sus hijos a Dios. Los acólitos ya estaban listos para la procesión de entrada: turiferario, el libro de los Evangelios, cruz alta y ciriales. Ante la indicación del padre Salazar, comenzamos a caminar por la nave central de la catedral, que lucía pletórica. Y a lo lejos, se escuchó la voz de la Schola Cantorum: “¡Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu Señor...”. La gente, volteando hacia el centro, nos veía desfilar y nos regalaba una sonrisa; algunos nos saludaban de mano o dirigían alguna palabra. En cuanto se dejó ver el obispo, la catedral estalló en un aplauso fuerte y prolongado, mientras el obispo repartía la bendición a diestro y siniestro. Cuando llegamos al pie de las gradas que separan a la asamblea del presbiterio, hicimos reverencia y fuimos a ocupar nuestro lugar con nuestros padres en las bancas reservadas para la asamblea. Después del rito de entrada, siguió la liturgia de la palabra, a la que se le dio realce con la lectura de los Hechos de los apóstoles en la que habla de la elección de los siete diáconos. Todos estábamos atentos a cada una de las palabras que ahí se escuchaban. Era Dios que nos hablaba en ese día, a cada uno de nosotros. Después de la homilía, uno de los diáconos presentes se puso de pie y dijo: “Acérquense los que van a ser ordenados diáconos”, y después nombró a cada uno de nosotros: “Acólito José de Jesús Ibarra Andrade”, y respondí “¡presente!”, que significa no sólo presencia física, sino de mente y de espíritu. Pasé al frente, y mis papás me dieron la bendición y un abrazo sentido entre lágrimas de alegría, pues a partir de ese día no pertenecía más a ellos, sino a Dios. Al terminar este rito, el padre rector del Seminario interviene: “Reverendísimo padre, la santa madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros#8. El obispo pregunta: “¿Sabes si son dignos?”; responde el rector: “Según el parecer de quienes los presentan, han sido considerados dignos”. Contesta el obispo: “Elegimos a estos hermanos nuestros para el orden de los diáconos”, y finalmente la gente contesta: “Demos gracias a Dios”. Después, pasaba a tomar asiento en el presbiterio para estar atentos al mensaje del obispo, quien tomó la palabra para dirigirse a nosotros y a toda la asamblea ahí reunida y exhortarnos al agradecimiento por el llamado que atendimos, y a ser fieles al ministerio que Dios nos encomendaba. Mis ojos y mi mente estaban atentos a cada una de sus palabras. Sentí que en ese momento, todo lo que había a mi alrededor desaparecía, y que era Jesús quien se dirigía a mí, que me pedía estar atento a su llamado, que procurara poner atención en la vocación a la que me había llamado, y atendiera a cada uno de sus hijos, especialmente a los pobres y alejados. Al terminar la homilía, seguía un interrogatorio por parte del obispo en el cual pregunta sobre la disposición del candidato, para terminar esa parte con la promesa de obediencia en la que el obispo toma las manos juntas del candidato y le pregunta: “¿Prometes obediencia a mí y a mis sucesores?”. “Prometo”, dice el candidato. Luego, el candidato se postra rostro en tierra, porque la grandeza que está por realizarse no puede ser abarcada por la pequeñez del hombre. Mientras, todos los asistentes de rodillas cantan la letanía de los santos para pedir su intercesión ante los candidatos que serán ordenados. Al terminar la letanía, en seguida viene la oración consecratoria en la que el obispo pide la asistencia del Espíritu Santo. Y finalmente viene la pieza clave de una ceremonia de ordenación: la imposición de las manos de parte del obispo, en la cual transmite al Espíritu Santo al candidato, haciéndole partícipe de su responsabilidad pastoral de acuerdo con su jerarquía. Después de esto, bajaba a donde se encontraban mis padres, en compañía de mi padrino de ordenación (que tiene que ser un ministro ordenado), que fue el padre rector, para ser revestido con los ornamentos propios del diácono que mis padres sostenían entre sus manos. Me dieron el abrazo, y subía nuevamente al presbiterio para terminar con el rito de ordenación: la entrega del libro de los Evangelios, en la que se pedía imitar lo que leíamos en ese libro sagrado. Al término del rito de ordenación, el obispo nos felicitaba a cada uno con un sentido abrazo, y después cada uno de los diáconos y presbíteros ahí presentes hacía lo mismo. Finalmente, el obispo nos presentó a la asamblea preguntándoles si querían orar por nosotros, y esta respondía con un unánime “¡sí queremos!”. Me sentía como en un sueño, era ya ministro de Dios, podría ahora bautizar, casar, exponer el Santísimo Sacramento y dar la bendición con él, podría bendecir y repartir la sagrada comunión como ministro ordinario. Era todo aquello un privilegio que no me merecía, pero Dios, en su infinita bondad, se quiso fijar en este siervo tan pequeño. Era increíble, ¡yo era diácono! No podía creerlo, Dios se había portado grande conmigo.
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