Mi vida en el Seminario (LXXIII) 24-Dic-2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Lic. José de Jesús Ibarra   
Sábado, 24 de Diciembre de 2011 02:04
Mi vida en el  Seminario (LXXIII)
 
Me había ordenado diácono, en las fiestas navideñas, todo era una experiencia totalmente nueva. Era 15 de diciembre, y faltaban todavía algunos días para festejar el nacimiento del Niño Dios. Por lo pronto, habría que disfrutar del ministerio que Dios nos encomendaba.
Los siguientes días que viví en el seminario ya como diácono, son inolvidables pues fue una experiencia riquísima, ya que en medio del frío se entonaban los cánticos de las tradicionales posadas, con los peregrinos en procesión por los pasillos del Seminario. Todos ataviados con sus sotanas negras, mientras que los que acabábamos de ordenarnos, íbamos engalanados con nuestra alba blanca y nuestra estola morada que significaba el tiempo de espera del Salvador. De hecho, siempre que me toca utilizar el color morado en estos tiempos, mi mente evoca aquellos bellos momentos en el Seminario, donde viví mi primer adviento como ministro ordenado.
En el Seminario, como en toda familia, se acostumbra la cena de navidad, que es preparada con tiempo de anticipación, para disfrutar en calor de hogar. Para esto, se cuenta con la presencia del padre del Seminario que es el Sr. Obispo; además están presentes los padres formadores, y desde luego, todos los compañeros seminaristas.
Así, se comenzó a preparar la celebración de Navidad con una Eucaristía celebrada en la capilla del Seminario. Ese día se olvidan todas las presiones, tareas, preocupaciones, y todo mundo se viste de fiesta. El coro se prepara para dar un acompañamiento digno a la celebración de la liturgia, los sacristanes tienen a su cargo que la capilla luzca pletórica, otros más adornan los salones, dormitorios, comedor  y capilla, y otros más preparan algunos números musicales o culturales para ambientar en la cena.
Cuando llega el Sr. Obispo, todos se acercan a saludarlo, y después se comienza con la celebración eucarística; después se pasa al comedor que está bellamente adornado, con manteles decorativos, cubiertos y loza de fiesta. El Sr. Obispo hace la bendición de los alimentos, y posteriormente se sirve la cena por los mismos seminaristas; esta también es especial, cocinada y servida con el máximo cuidado. El comedor se ve engalanado con seminaristas con sotanas negras ceñidas por cíngulos negros y azules según el grado que se está cursando. Mientras se cena, se presentan los distintos números culturales, que en general, son dedicados al Sr. Obispo presente.
Y también como en toda familia, hay regalos; primero, un regalo que se hace al Sr. Obispo de parte de la comunidad levítica, y después, el pastor, da un regalo a cada uno de sus hijos seminaristas. A cada quien le da algo diferente, y lo felicita en persona. Desde luego, esta es una oportunidad para sentirse consentido del Pastor que piensa en cada seminarista.
Pero eso no es todo, porque en general, cada año se recibe otro regalo más, proveniente de los zapateros de la ciudad de León que tienen a bien regalar del calzado producido en ese año; así, todos los seminaristas suelen andar con el mismo estilo de calzado.
Después, el obispo da un mensaje de Navidad para todos, deseando la paz y la felicidad para el Seminario, pero también para cada uno de sus seminaristas, ya que al día siguiente parten para encontrarse con sus familias.
En mi caso, era muy grato ir de vacaciones a mi parroquia, pues aunque siempre acostumbraba ir en las vacaciones, ahora iba en calidad de ministro ordenado, y eso me llenaba de alegría, pues ahora podría ayudar un poco más a mi párroco en la celebración de la palabra, en la exposición del Santísimo, en las bodas o en la bendición de objetos dedicados al culto. Así, salíamos de vacaciones del seminario, y sentía que en aquella Navidad me desbordaría de alegría para celebrar con mis seres queridos ese día tan maravilloso.
Aún más, esa Navidad se veía con un toque especial, pues había sido designado para ser quien ayudara a diaconar en la Catedral de León asistiendo al Sr. Obispo. Eso era un privilegio para mí, pues en ese recinto sacro de la Diócesis, es donde mejor se disfruta la liturgia, ya que el ceremoniero cuida cada detalle para que sea celebrado como las normas litúrgicas lo piden, y tanto el presidente como los fieles, disfruten de una celebración sin par.
Ante una Catedral repleta de fieles que acudían a celebrar el nacimiento del niño Dios, yo me sentía en las nubes, pues era algo indescriptible la liturgia, a tal grado que, efectivamente se sentía la unión con la liturgia del cielo. Aquella celebración podría durar el tiempo que fuera necesario, y parecía que sobre ella el tiempo avanzaba, pero al mismo tiempo se detenía en cada gesto al que la liturgia invitaba.
En esa ocasión, fue la primera vez que el Sr. Obispo me llamó por mi nombre felicitándome por llamarme “Jesús”.
Al término de la celebración, nos felicitó a todos los asistentes, y continué en mi familia la celebración de la Navidad, que prometía ser una navidad diferente, y así lo fue. Dios se manifestaba en cada detalle y en cada miembro de mi familia. Estaba feliz. Dios me había llamado a la vocación sacerdotal, y ahora me regalaba momentos de inmensa alegría al lado de mis seres queridos.
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