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Mi vida en el Seminario (LXXII) Durante la celebración, habría que estar atento a cada cosa, pero de manera especial a la mirada del padre Chuchín, que quería que con solo un gesto entendiéramos lo que se necesitaba en ese momento, además de que quería que tuviéramos iniciativa, sin esperar a que él nos dijera lo que se necesitaba Durante las vacaciones de aquella Navidad 2002, disfruté mucho mi ministerio, no solamente por la posibilidad de ejercerlo en mi parroquia, sino porque además había tenido la oportunidad de disfrutar la liturgia en su máximo esplendor en la catedral de León sirviendo al señor obispo.
Esa experiencia me abrió más la perspectiva de mi servicio como diácono, ya que Dios me llamaba especialmente a ese ministerio, a “servir”. Me sentía inmensamente feliz, dadas las circunstancias de poder estar muy de cerca en las celebraciones. Tuve la oportunidad de preparar cada detalle por muy mínimo que fuera, y disfrutar de la unión de la liturgia de la tierra con la liturgia del cielo. Llegaba con mucho tiempo de anterioridad para ayudarle al padre Jesús Salazar, cariñosamente llamado “Chuchín”, a preparar todo lo necesario. El personal de la catedral era muy amable conmigo, sobre todo uno de los sacristanes ya mayor, llamado “don Leno”, quien siempre estaba atento a lo que se necesitara y facilitar que la celebración fuera lo más viva que se pudiera. Primero habría que fijarse si estaban listos los vasos sagrados: el cáliz, las vinajeras, el agua y el manutergio, el Misal romano, el leccionario con las lecturas seleccionadas, el evangeliario con el Evangelio del día, el libro de las peticiones, los copones con hostias y el cáliz rojo del obispo. Por otro lado, dado que era una misa episcopal, había otras cosas que ordinariamente no se dan en una misa, como, por ejemplo, paño de hombros para los acólitos, uno para la mitra y otro para el báculo; este debía estar debidamente armado y colocado en la mesa, juntamente con un crucifijo, y un mantel para que cuando el obispo llegara, pusiera ahí su portafolio. De este se sacaba, en primer lugar, la mitra, después el solideo y, por último, el alba, que era necesario sacar con mucha delicadeza para estar listo y ayudar a revestirse al señor obispo. Además, en cuanto llegara el pastor, habría que preguntarle sobre algunos pormenores acerca de la celebración, como, por ejemplo, la oración colecta, el prefacio y la plegaria eucarística, para apartar las páginas con los listones correspondientes. Se le preparaban dos ornamentos de acuerdo con el color litúrgico que correspondiera: tiempo ordinario, verde; tiempo de Navidad y Pascua, blanco; tiempo de Adviento y Cuaresma, morado, y Pentecostés y mártires, rojo. Además de los ornamentos del obispo, seleccionaba yo cuidadosamente mi dalmática, que es la propia del diácono, y me encantaba lucir esas obras de arte que tiene la catedral destinadas a ello, pues además de ser antiguas, hacen que el diácono se vea sumamente elegante. Después, habría que ver si estaba listo el servicio al altar con lo que a cada quien le correspondía; era un grupo de seminaristas que siempre estaban a la orden del obispo para que la celebración saliera con toda solemnidad. El orden de la procesión era: el turiferario (incensario) con la naveta de incienso, cruz alta y ciriales, diácono con el evangeliario en alto, y luego todos los concelebrantes; hasta el final, iba el obispo flanqueado por dos diáconos. El monitor, debía estar en su lugar, listo, para que, cuando se asomara la cruz procesional, comenzara inmediatamente la monición de entrada. Durante la celebración, habría que estar atento a cada cosa, pero de manera especial a la mirada del padre Chuchín, que quería que con sólo un gesto entendiéramos lo que se necesitaba en ese momento, además de que quería que tuviéramos iniciativa, sin esperar a que él nos dijera lo que se necesitaba. Cada celebración era un reto. Y aunque cada una de ellas era muy semejante, o casi idéntica, no debíamos confiarnos, pues siempre había novedades. Era una delicia escuchar, al momento de la homilía, la voz del pastor, quien ponía su acento personal en cada detalle y tocaba hasta lo íntimo del corazón, pues cada palabra era bien pensada y hacía que llegara el mensaje a cada persona que lo escuchaba. Al final de la celebración, siempre nos agradecía nuestro servicio, y nos disponíamos a ciertos ritos más ligeros, como poner nuevamente todo en su lugar, hasta que el obispo finalmente se iba, y ya podíamos todos disfrutar que todo había salido bien. Siempre el padre Chuchín nos decía: “Todo salió muy bien; muy bonita celebración”, y cuando no era así, simplemente no decía nada, pero ya con ese silencio sabíamos que era necesario poner más atención a la siguiente. Había celebraciones especiales, como la de Navidad, Cuaresma y Semana Santa, u ordenaciones, en las que la tensión y el cuidado se multiplicaban al doble, pero que también eran disfrutadas al doble. Algunos sacerdotes nos decían que teníamos el privilegio de estar en primera fila en todas esas celebraciones, especialmente en la misa del Santo Crisma el Jueves Santo en el que estábamos encargados de presentar los óleos al obispo para ser bendecidos. Todas estas celebraciones se extrañarían mucho después de ser asignado a otro ministerio, pero cada etapa tiene su tiempo. |