Mi vida en el Seminario (LXXIII) 22-Ene-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Lic. José de Jesús Ibarra Andrade   
Domingo, 22 de Enero de 2012 01:08
En la actualidad, hay muchos que entran al Seminario; alrededor de cien por año, de los cuales el filtro vocacional se encarga de dirigirlos a sus distintos llamados. De esos cien, sólo llegan a ordenarse seis sacerdotes
 
Después de que había experimentado el privilegio de dar mi servicio al altar en la santa iglesia catedral basílica, tenía que regresar al Seminario para terminar mi formación sacerdotal, ya que aunque, era ya un ministro ordenado, faltaba todavía un semestre para concluir mi estancia en el Seminario.
Todo parecía un sueño, estaba a punto de terminar un proyecto que no fue sólo mío, sino que ante todo fue de Dios. Él me había llamado 12 años atrás, y ahora, después de un gran recorrido, me había ordenado diácono, y estaba a punto de terminar mi vida en el Seminario, aunque no mi formación sacerdotal.
En ese lapso, había hecho grandes amistades, no sólo con compañeros de mi mismo grupo y edad, sino también con compañeros de otros grupos académicos y más chicos que yo. Uno de ellos, a quien llegué a estimar bastante, era amante de la música de trova y de la literatura; pero la vida le había golpeado muy fuerte, y ahora tenía que dejar el Seminario. Veía en él un anhelo no cumplido, y una vocación inconclusa. Soñador, a veces melancólico, componía sus propios poemas dirigidos al amor y a la decepción.
Nuestras familias también comenzaron a interrelacionarse, de manera que no fue ya sólo una relación personal, sino también familiar. A veces, sus padres iban a visitar a mi familia, y viceversa. Su padre había partido a Estados Unidos desde hacía mucho tiempo, y casi no estaba con ellos; era el más grande de la familia, había crecido sin la figura paterna durante la mitad de su vida. Ya se había acostumbrado a vivir únicamente con su madre, de profesión maestra, y sus hermanos, a quienes ella sacaba adelante con todo su esfuerzo y amor de madre.
Sin embargo, un día, en vacaciones de Navidad, recibió una llamada telefónica de que su padre estaba en una situación muy grave de salud en Estados Unidos, y que se necesitaba urgentemente un donador de riñón, y no podía esperar; era un caso de vida o muerte. Su padre le había dado la vida, y ahora, él tenía que regresar algo de lo que su padre le había dado; debía ser donador a su padre. No había alternativa. Tendría que viajar a Estados Unidos él también, y la vocación tendría que esperar. Parecía que con esfuerzo, y un poco de sacrificio, todo podría resolverse y seguir adelante en su debido momento; pero los caminos de Dios no son los caminos de los hombres, ya que después de hacer todo lo necesario, el riñón no le fue compatible; pero ante la situación laboral, tuvo que quedarse en el vecino país del norte para ayudar económicamente a su familia. Todo había cambiado. Se había esforzado por responderle a Dios, había sido generoso, pero Dios lo quería por otro camino, el matrimonio; conoció a una bella mujer, quien se convirtió en la madre de sus dos bellas hijas.
Me había quedado sin la presencia física de un gran amigo, pero Dios me hizo fuerte en la vocación, y fue el pretexto para que mi amigo recondujera su vida ahora por la vocación a la que Dios lo llamaba, el matrimonio.
En ese poco tiempo de ordenación diaconal, viví grandes experiencias por las que me di cuenta de que Dios se vale de muchos medios para allegar a los hombres hacia sí. Ahora tenía a un amigo en el cielo, y a otro en el matrimonio.
Dicen que “Dios escribe derecho en renglones chuecos”, y es que se vale de la debilidad de los hombres para mostrar su gloria, y encaminarlos por el camino de la salvación.
En la actualidad, hay muchos que entran al Seminario; alrededor de cien por año, de los cuales el filtro vocacional se encarga de dirigirlos a sus distintos llamados. De esos cien, sólo llegan a ordenarse seis sacerdotes. Sin embargo, el número de sacerdotes desde hace cien años es el mismo, mientras que la población sigue aumentando al menos diez por ciento.
Quien atiende el llamado, Dios se encargará de decirle si es el camino indicado, o es otro. Lo importante es servir a Dios, y atreverse a vivir el reto del Seminario, si se siente inquietud por la vida sacerdotal.
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