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Ellos, mi papá, mi mamá y mis hermanos, habían cambiado su trato hacia mí; yo veía cómo me trataban de manera diferente desde que me ordené diácono; yo les preguntaba el por qué de su cambio, y me decían que era porque me había convertido en un ministro de Dios y que me debían más respeto aún
Estaba disfrutando al máximo mi diaconado, Dios me había concedido grandes cosas, y ésta, de la ordenación diaconal, era algo maravilloso, no acabaría de escribir si escribiera cada uno de los detalles.
A pesar de que servía en la Catedral, sin embargo, también daba mi servicio en la Parroquia de San Maximiliano María Kolbe, con un sacerdote a quien seguí desde que ingresé a la Teología; este sacerdote, era el Padre Gonzalo Galván a quien después Su Santidad Benedicto XVI nombró Obispo de Autlán, Jalisco. De las múltiples cosas que realizaba en esa parroquia, estaba el administrar el sacramento del bautismo. Era un aliciente para mí después de estar toda la semana en el Seminario completando mi formación a través de los estudios y de las otras dimensiones; pero cuando llegaba el fin de semana, ya sabía que tenía que dirigirme a la parroquia, para ayudarle al Padre Gonzalo en la predicación en la Eucaristía, así como con la administración de la puerta de todos los sacramentos. Ahí fue la primera vez que bauticé a alguien. Era maravilloso, pero también era algo temeroso, pues sin haber bautizado nunca, tendría que seguir fielmente y al pie de la letra, lo que el ritual indicaba, para que no fuera a ser un bautismo inválido. Era primerizo, y tenía que estar al pendiente de cada detalle. Me maravillaba ver a las criaturitas casi recién nacidas con toda la inocencia en su rostro, y me emocionaba cómo por mi medio, había la posibilidad de introducirlos a la vida de la gracia, haciéndolos así, hijos de Dios y miembros de la Iglesia; de verdad que este ministerio, no tiene comparación. Me esforzaba porque cada momento del rito de este sacramento fuera sentido con toda su intensidad por papás y padrinos; me esforzaba porque comprendieran la dignidad y grandeza del sacramento, pues yo sabía que en sus manos estaba el que esos niños se convirtieran de verdad en personas que llevaran a la vida su cristianismo, viendo el ejemplo de sus familiares; no era poca la tarea que tenía yo, ni sus padres, sino que era de verdad, una gran responsabilidad. El momento cúspide de todo esto, era cuando se llegaba el momento de derramar sobre ellos las aguas bautismales. Cada vez que al agua caía sobre sus cabecitas, y pronunciaba su nombre: “Fabián, yo te bautizo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo#(.”. No sé de qué manera, pero el Espíritu Santo bajaba sobre ese niño, convirtiéndolo en profeta, sacerdote y rey. ¿Cómo describir lo indescriptible? Increíble, pero cierto que por medio de mis manos y de mis palabras, Dios hiciera grandes maravillas en la vida de las personas. Estaba adelantando sólo un poco de lo que aún me esperaba. Yo sabía que aún no era presbítero, pues aún no podía confesar ni consagrar las sagradas formas; pero el ministerio que ahora tenía, era más que suficiente para darme cuenta de la grandeza del sacramento bautismal. Además, eso me llevaba cada día más a desear el sacerdocio como una meta que no me había propuesto yo, sino que Dios mismo me había puesto enfrente, y que yo debía superar siempre con la ayuda de Dios. Los bautismos, ordinariamente eran a la 1:00 p.m., y al terminar, nunca faltaba alguna de las personas, papás o padrinos, que me abarcaban para darme las gracias por las palabras que les había dirigido, y por el haberles ayudado a comprender el sacramento que en ese momento celebraban. Yo alcanzaba a ver la sinceridad en sus ojos, y su gratitud hacia el ministro de Dios. No por ser quien era, sino por representar a Dios, y ser su instrumento. Después, me dirigía a mi casa para visitar un momento a mi familia. Ellos, mi papá, mi mamá y mis hermanos, habían cambiado su trato hacia mí; yo veía cómo me trataban de manera diferente desde que me ordené diácono; yo les preguntaba el por qué de su cambio, y me decían que era porque me había convertido en un ministro de Dios y que me debían más respeto aún. Sin embargo, yo les hice comprender que la persona sigue siendo la misma, aunque su labor sea diferente; que las personas nunca cambiarán en su esencia, y que yo seguía siendo su hijo y hermano, que me siguieran teniendo la misma confianza que siempre. Se los dije sinceramente, y con el corazón en la mano, cosa que ayudó para que efectivamente el trato fuera el mismo; así, yo me podría sentir en casa. Después de compartir con ellos los alimentos, platicar, y descansar, regresaba nuevamente al Seminario, en donde me integraba a la vida comunitaria con el rezo de las vísperas, y después a la cena. Si me preguntaran qué momento de estos era el mejor, no le dudaría en decir que todos y cada uno de ellos forman un todo que me ayudaba a seguir creciendo en mi vocación, ya que era parte integral de mi formación sacerdotal. Así fue pasando rapidísimamente el tiempo, y pronto se llegaría el fin de año, en el que había mucha esperanza, ya que al finalizar los estudios sacerdotales, era necesario hacer el ministerio de diaconado en una parroquia, y las expectativas era muchas#( ¿cuál parroquia me tocaría?, ¿a cuál me destinaría Dios?.. eso será para la próxima semana.
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