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La elección del papa Benedicto XVI
Quienes nos encontrábamos estudiando en las universidades pontificias, conscientes de la trascendencia de tal acontecimiento, notamos la ausencia de los maestros, o incluso la falta de asistencia de nosotros, los alumnos, por ir al Vaticano a ser testigos de tantas cosas que no se volverían a repetir Me encontraba en la Ciudad Eterna, cuando se anunció que el papa Juan Pablo II se encontraba gravemente enfermo. Tuve la oportunidad de estar en la Plaza de San Pedro orando por el Papa convaleciente, sin embargo, el 2 de abril de 2005, fue llamado a la Casa del Padre.
Después de celebrados sus funerales el 8 de abril, y sentir en la Iglesia la sede vacante, venía la expectativa sobre quién podría ser el próximo sucesor de San Pedro. Todas las calles de la Ciudad de Roma, eran ríos de personas que desfilaban después de la muerte de Juan Pablo II “El Grande”, como fue llamado el Papa polaco. Ahora, los que habían asistido a sus funerales, aprovechaban para quedarse a la histórica elección del próximo sucesor de Pedro. Todos los cardenales habían sido convocados al cónclave, y Roma se había convertido en un foco de atención mundial. Desfilaban por sus calles cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, y fieles laicos que no querían renunciar a su derecho de formar parte de la histórica elección de un nuevo Papa. Muchas generaciones, habíamos crecido con la imagen del papa Juan Pablo II; desde que teníamos uso de razón, la palabra “Papa” iba necesariamente ligada con el rostro afable del Papa que venía del frío; pero ahora, era arrancado de nuestro mundo, más no de nuestra mente y de nuestro corazón. Podíamos imaginar una Iglesia sin Juan Pablo II, pero no podíamos imaginar una Iglesia sin Papa, por lo que era necesario recibir con los brazos abiertos y el corazón palpitante al nuevo Papa, fuera quien fuera electo. Habían pasado ya los funerales, y los cardenales habían decretado un duelo por el papa Juan Pablo II. Al terminar, el 18 de abril de 2005, todos los cardenales se reunirían en la Casa Santa Martha en el Vaticano, creada precisamente para el cónclave, que ahora se llevaría a cabo. Quienes nos encontrábamos estudiando en las universidades pontificias, conscientes de la trascendencia de tal acontecimiento, notamos la ausencia de los maestros, o incluso la falta de asistencia de nosotros, los alumnos, por ir al Vaticano a ser testigos de tantas cosas que no se volverían a repetir, como por ejemplo adquirir una moneda conmemorativa, o los famosos timbres postales con la imagen de la sede vacante. Durante este tiempo, había especulaciones y nombres concretos sobre quiénes podrían ser los sucesores de Juan Pablo II como Antonio Rouco Varela, Francis Arenzi, Claudio Hummes, Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, e incluso el mismo Norberto Rivera Carrera, pero de entre ellos, con gran fuerza aparecía la figura del Prefecto para la Congregación de la Fe, Joseph Aloisius Ratzinger, y se decía además, que sería el gran continuador de la obra de Juan Pablo II, ya que él había estado siempre detrás del Pontífice con su recta teología, además de ser amigo personal del Papa difunto. El 18 de abril, estaban ya concentrados todos los cardenales en la Casa Santa Martha, y la seguridad se había agudizado en torno al Estado Vaticano. Incluso, algunos de mis compañeros africanos que se alojaban en el edificio de Propaganda Fidei dentro de los apartamentos vaticanos, fueron canalizados a otras instituciones, porque no debía haber nadie extraño a la Curia. El Vaticano se quedaba única y exclusivamente con el personal esencial para la atención de los señores cardenales. Durante la mañana, comentábamos entre los sacerdotes que allá nos encontrábamos, que era muy difícil que saliera electo en ese primer día por la mañana o por la tarde. Sin embargo, la tradicional e histórica chimenea de la fumata no dejaba de ser observada por todos lo que frecuentábamos la Plaza de San Pedro en esos días. Los cientos de camarógrafos de los diferentes países, no dejaban de apuntar con sus cámaras hacia ella, porque desde la estufa a la que está conectada, se quemarían las papeletas de las votaciones que se harían por la mañana y por la tarde, haciendo salir humo blanco si era elegido el nuevo Papa, o humo negro si aún no habían electo a nadie. Efectivamente así fue, pues durante todo el lunes 18 de abril, se emitió humo en dos ocasiones, pero fue negro. Todos queríamos ver esa fumata que no se veía desde 1978. Dos veces se vio y no salió humo blanco sino negro, por lo que tendríamos que esperar al siguiente día. El martes del 19 de abril, en cuanto salíamos de la Universidad, nos dirigíamos en los autobuses repletos hasta el tope de personas que se dirigían hacia allá; sin embargo, la ida nuevamente fue en vano, pues aún no salía humo blanco. Varias revistas explicaban a detalle cómo era la elección, y salían números de colección sobre el histórico cónclave, era curioso ver que la famosa chimenea, salía en páginas completas, sin gracia ni belleza, pero con un gran significado para toda la Iglesia. Después de no tener noticia afirmativa de la elección, me dirigí al Colegio Mexicano a comer, y me dispuse a estudiar, esperando que se diera la noticia por televisión acerca del resultado de la tarde. Sin embargo, antes de que encendiera el televisor, recibí una llamada de un sacerdote amigo que me comunicaba que acababa de salir humo blanco, y me invitaba al Vaticano para ver si alcanzábamos a ver al nuevo Papa. Inmediatamente bajé a la recepción del Colegio para esperar a mi amigo, y nos dirigimos a tomar el autobús 870, que por cierto pasó rápidamente; lo abordamos, y en poco tiempo ya estábamos en la Plaza de San Pedro que a fuerza de esquivar y pedir permiso para llegar un poco más adelante, logramos colocarnos a una distancia considerable del balcón central donde el Cardenal Camarlengo, anunciaría al nuevo Papa. Mientras, los comentarios se dejaban escuchar: “Dicen que es francés”, “parece ser que es un Papa austriaco”, “dicen que es el cardenal Tettamanzi”, “fuentes confiables dicen que es el cardenal Carlo María Martini”; pero en eso se vio asomar el Cardenal Camarlengo que después de saludar en varios idiomas, anunció con el tradicional “Annuntio vobis gaudium magnum; Habemus Papam”, y luego proseguía a decir el nombre: Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum , Iosephum Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger En cuanto se escuchó el nombre de “José”, escuchaba los comentarios: ¡es José#(, seguramente será el cardenal Ratzinger!, y efectivamente así sucedió. Sin embargo, todavía estábamos a la expectativa, porque seguía el nombre que había elegido para ser llamado en su pontificado, y que escucharíamos de ahora en adelante durante todas las misas celebradas en su período como Sumo Pontífice: “Qui sibi nomen imposuit Benedicti decimi sexti”. Después, aparecía en el balcón la cruz procesional y detrás de ella, la imagen tímida del nuevo papa Benedicto XVI quien saludaba a la grey congregada en la Plaza de San Pedro, y evidentemente que no se esperaba ser elegido, pues se le veía en sus mangas el suéter que solía utilizar cuando caminaba por las calles del Vaticano con su sotana negra. Seguramente habría necesidad de haberle acondicionado el traje papal a su medida, ya que es bajo de estatura. Ante el anuncio, toda la plaza estalló en gritos de júbilo, y se vieron ondear las banderas amarillas y blancas del Vaticano, pero sobre todo las banderas alemanas que se congratulaban que un compatriota era electo por Dios para ser el máximo representante de Dios en la tierra. Después de elevar los brazos para saludar a la multitud varias veces, finalmente se escucharon las primeras palabras del nuevo Papa: “Queridos hermanos y hermanas, después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante, que el Señor nos ayudará y María Su Santísima Madre estará de nuestra parte. Gracias” Después de las palabras, se escuchó la nueva porra y aclamación al nuevo Papa “¡Benedetto, Benedetto#(!”, acogiendo de esta manera la multitud al nuevo Pastor de la Iglesia Católica. Después, se dispuso a bendecir a la ciudad y al mundo, con la bendición “Urbe et orbi”. Así, nuevamente las calles se vieron inundadas por todas las personas que ahí nos encontrábamos, y la alegría por el nuevo Papa se hacía sentir en el rostro de las personas que comentaban “ya tenemos Papa”, “Se llama Benedicto XVI”, ¡es alemán! Mi amigo y yo, tuvimos aún tiempo para permanecer un poco más en la plaza, y contemplar aquel magnífico escenario en el que habíamos formado parte de la historia. Ya habíamos quedado marcados por aquel gran acontecimiento. Ahora, habría que esperar a la misa de inauguración del Pontificado que sería el viernes 24 de abril de 2005 a las 10:00 a.m. en la Plaza de San Pedro. No nos podíamos perder ese acontecimiento. |