GÜEGÜENSES 21-Feb-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Emilio Hernández Jiménez   
Martes, 21 de Febrero de 2012 02:01
Más allá de la verdad (I)
 
En algunas semanas, cumpliré cuarenta años y con ello me enfrento al más grande dilema de mi vida; no, no es respecto a mi identidad sexual, como suele ironizarse al arribo de la cuarta década de vida, es acerca de seguir con mi vida convencional o iniciar de ceros. Conocí a una mujer joven a través de internet y una cosa llevó a la otra; sin darme cuenta, estoy involucrado personal y emocionalmente con ella al grado de que me resulta difícil prescindir de la relación. Con mi cuadragésimo aniversario, viene también un año de relación. El conflicto estriba en que soy un hombre casado por más de veinte años, con una familia regularmente estable, tres hijos y una buena mujer y el problema ocupa en que la joven me exige que tome una decisión. Mi familia se ha enterado de esta relación y las cosas toman un tinte dramático. Cada fin de semana, es un infierno para huir de casa y pasar los fines de semana con ella, pues me exige cada vez más tiempo y recursos de todo tipo, lo cual me tiene al filo de la navaja; emocional, económica y anímicamente.
Todo comenzó como un juego. Suelo hacer amistades a través de la red; estas amistades han sido en ocasiones encuentros fortuitos y aventuras pasajeras que solía manejar con cierta facilidad y tomar y dejar sin más, pero el destino me tendió la trampa en la cual me encuentro y con dificultad para salir sin dañar a las personas cercanas. La red se construyó con mi complicidad, la dejé crecer creyéndome con la habilidad para zafarme, pero ahora veo que será complejo hacerlo y que necesariamente alguien saldrá afectado; si soy yo, no rehúso el castigo, sería lo más adecuado y karmático; el problema es que los afectados serán terceros que no tienen ninguna culpa.
La red se tejió de verdades a medias, mentiras y complicidades: yo decía las mentiras; ellas las creían y el tejido se fue vigorizando hasta hacerse una estructura densa que duele y ahoga. Habrá que dejar un trozo de piel si quiero soltarme; la cuestión es que otras personas también están atrapadas en la red. Para mí, estriba una cuestión más o menos salvable, ya que he aprendido el arte del escapismo, y he adquirido habilidades a través de la práctica, y sé que las heridas sanan y que el tiempo cura las heridas; el problema son el resto de las personas involucradas que no tiene ni idea de cómo zafarse y necesariamente saldrán lastimadas y no pueden omitir el paso del sufrimiento porque viven en el plano básico de la existencia.
De León a Puebla, son cerca de mil kilómetros y de ahí a Acatlán, son cuatrocientos ochenta más. Todo comenzó cuando un viernes en la noche le comenté a mi esposa que iría a mi tierra, Jalisco, para ocuparme de unos asuntos relacionados con una herencia; a ella le pareció normal, pues esporádicamente, una vez al mes, suelo hacer estos viajes y me paso todo el fin de semana allá; de hecho, uso este recurso como pretexto cuando tengo alguna aventura fortuita y me sirve perfecto porque mi esposa no tiene manera de averiguar si realmente fui o no. Otra de las ventajas y muy conveniente para mí es que el rancho está aislado de toda comunicación, incluso los celulares no funcionan (no hay red) -demasiado perfecto-. Unos meses antes, había comenzado mi amistad con Minerva y, como les dije al principio, una cosa llevó a la otra, algunas verdades omitidas y la cita estaba concertada, el sábado por la mañana nos veríamos en el centro de Acatlán para conocernos. Minerva es madre soltera; su precocidad la llevó a tener un matrimonio fallido a la edad de dieciséis años. Me confesó que una vez instalados en una humilde vivienda ahí mismo en Acatlán, la realidad se le estrelló en el rostro al ver que aquello truncaría sus planes de realizar estudios universitarios. Se encontraba con la obligación de un matrimonio y atender a un hombre con los usos y costumbres del pueblo, con servilismo y abnegación; eso chocaba con su naturaleza, revolucionaria, ingobernable, indomable, y de pronto sintió asfixiarse con algo en lo que se había metido y entendió que no lo quería, que la conciencia había eclipsado a la pasión y ahora entendía bien a dónde quería ir, pero ya un pequeño crecía en sus entrañas y era imposible desistir. Resistió algunos meses y ante la reprobación de su abuela, se separó de aquel adolescente quimérico por el cual había renunciado a su inocencia. Cuando el pequeño Ezequiel llegó al mundo, a Minerva “le cayó el veinte” de que ella era responsable de ahora en adelante de aquel ser humano y también, por una cuestión personal -había sido abandonada- se prometió a sí misma que no repetiría el error de sus padres. Decisión compleja para una adolescente de dieciséis: primero concluir sus estudios medios y hacerse cargo del pequeño y después, con una vida a cuestas, culminar sus estudios universitarios. Ahí, en su soledad, entendió que la vida sería complicada y cuesta arriba de ahí en adelante. La conocí a mediados de su último semestre de preparatoria; por obvias razones, había perdido semestres, pero no la idea de seguir adelante. Un día, en el mensajero instantáneo me soltó sin más la petición.
-¿Me apoyas con mis estudios? -me preguntó.
Sin dudarlo, le contesté que sí. Jamás me imaginé que aquello involucraría cuestiones sentimentales o de otra índole; no niego que esa mujercita ejercía cierta atracción sobre mí, pero no supe de sus intenciones hasta que me dijo que no aceptaría ni un centavo mío hasta no conocerme personalmente. Así recorrí más de mil cuatrocientos kilómetros para llegar hasta aquel pueblo pintoresco que se encuentra en la frontera entre Puebla y Oaxaca. Ya antes, me había aventurado así; sólo la geografía me era desconocida e incluso aquello enriquecía la aventura, pero como ya les dije, el destino tenía otros planes, esta vez no sería una simple aventura de toma y deja.

Continuará el jueves
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