GÜEGÜENSES 23-Feb-2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Emilio Hernández Jiménez   
Jueves, 23 de Febrero de 2012 03:07
Más allá de la verdad (II)
 
A veces me pregunto: “¿Cuál es el objetivo de esta experiencia? ¿Qué tengo que aprender?”. Y ahora, instalado en el dolor de una decisión que me traerá el desprendimiento de una relación, ya sea la de menos tiempo o la de más de veinte años, algunas respuestas llegan a mi cabeza y ninguna me consuela. Los clichés de los libros de superación personal, metafísica o espiritualidad que tratan de desentrañar el significado de la vida y el sentido de la misma no llenan ni sanan la herida, ni la que provocaré: “Todo pasa por algo”, “es lo que debes(n) vivir”, “todo es como debe ser”. Hubo un tiempo de mi vida en que, a través de acallar mi mente por medio de ejercicios de respiración, veía el mundo con indiferencia y desapego; pero el mundo, la vida o el destino me trajeron de regreso, hasta lo más crudo del sentimiento, y estoy sufriendo en carne viva la experiencia del dolor.
Después de manejar por más de ocho horas, entré al pueblo totalmente nuevo (para mí). La actitud siempre ha sido, sea cual sea el resultado de los viajes, concentrarme en lo positivo: conocer, aprender; el hecho de conocer un lugar nuevo y lleno de historia había hecho que el viaje valiera la pena. Desvelado y seguramente no con mi mejor cara, bajé del auto y fui al pequeño kiosco de la ciudad para encontrarme con Minerva. Los encuentros siempre resultan emocionantes: no sabes en realidad con quién te encontrarás; tampoco hay certeza de que la persona del otro lado te acepte. Por lo general, mi umbral de la decepción es muy amplio y ya zanjadas las primeras impresiones, dejo que me sorprendan. El conocer en persona a una mujer, independientemente de sus características físicas, siempre es enriquecedor, y siempre he sumado en mi bagaje de vida de una manera u otra. Los nervios y la incertidumbre son otros de los ingredientes del momento; además, como estaba en su terreno, ella podía decidir al verme no acercarse. Se mimetizó caminando junto a una mujer de más edad y la vi con indiferencia; no la había reconocido a primera vista, pero se acercó y colocó justo frente a mí. Era una niña con la expresión más tierna de que yo haya tenido memoria; reclamó el que no hubiese venido vestido como quedamos. Dijo que me había reconocido por el color de ojos y se mostró callada al inicio. Tal vez (nunca me lo dijo) se decepcionó un poco, pero hubo algo que la hizo quedarse; no lo sé, el hecho de que fuera el boleto de salida de su realidad (que para ella tenía algo de infernal) o tal vez quería saber si existía algo del hombre del cual se había enamorado a través del internet (eso dijo); lo cierto es que me llevó al hotel al que previamente había investigado. Percibí la barrera que había puesto y la respeté; decidí ducharme para atenuar el cansancio del viaje y se quedó sentada en el piso a un costado de la cama, tratando de ordenar sus pensamientos. Seguramente estaba analizando toda la situación -la niña, sobre todo, es inteligente-; la vi tomarse la cabeza entre las manos y meditar. La dejé ahí, pues mi cansancio era extremo e intenté dormir. Al despertar, estaba acostada a mi lado y comenzó a interrogarme de manera lógica sobre edad, estado civil; le mostré la credencial de elector y distorsioné la verdad. Lo creyó a medias, un poco por la urgencia del subsidio y por fe; usé esa necesidad a mi favor creyendo que podría vivir algo hermoso con ella, y por qué no, llevarla a vivir a Puebla, donde estudiaría y tendría acceso a verla y estar con ella algunos fines de semana. Las cosas se complicarían sobremanera al extremo de involucrar vidas.
La actitud libertina con que llevo mi vida había hecho que la noche anterior aprovechara el viaje para hacer algunas “paradas técnicas” en algunos bares del camino. Asiduo a estos sitios, me es fácil entablar aventuras pasajeras que me regalan momentos gratos incluso de aprendizaje de la conducta humana; así, en el viaje conocí a otra jovencita que trabajaba en uno de estos antros y que se ganaba la vida escuchando y contando su vida a los incautos que creen en las verdades de cantina. El alcohol me inhibió y, ante la accesibilidad de una meretriz novata, quien me confesó que su matrimonio había fracasado porque su marido la acusaba de frígida, decidí demostrar lo contrario (el gancho perfecto), después de una cantidad importante de cebada fermentada, con la propuesta delicada de averiguar el juicio equivocado de su exmarido, nos metimos al privado y, como si fuera mi examen recepcional, incluí todo el conocimiento que la vida me legó para desmentir al desgraciado que había osado abandonar a tan dulce doncella con el pretexto de su ineptitud en las artes amatorias. No escatimé ningún recurso y ella se entregó como si fuera el amor de su vida; me regaló un copioso orgasmo para no dejar duda de que había disfrutado del apareamiento ocasional adornándolo con armoniosos gemidos placenteros, no sin antes dejar constancia en mi piel de que había estado conmigo. Esa fue la razón por la cual decidí que no intimaría con Minerva para que no se percatara de que estaba frente a un picaflor que no perdía la oportunidad de enredarse con cualquier hembra a la mínima provocación; pero ella tenía otros planes. Una vez que la besé con la ternura con que sólo se hubiese hecho con una mujer a la que de verdad se ama, cedió y desnudó su torso mostrándome su hermosa piel canela. Resistí la invitación porque mi piel tenía las huellas de la batalla previa, pero ella no cejó hasta ver mi pecho desnudo marcado por la vampiresa que defendió con dientes y labios su postura de buena amante; ahí comenzó la primera verdad cifrada. Qué fácil resulta encontrar respuestas a preguntas que embonen en las conciencias de mis interlocutores; al fin y al cabo, soy un vendedor nato.

Continuará el sábado

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