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DIARIO DE CALLE 11-Mar-10 |
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Escrito por Leopoldo Navarro
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Jueves, 11 de Marzo de 2010 01:54 |
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De Perico
Con Federico Refugio Esparza González tropecé en mil novecientos setenta y tantos, cuando él era funcionario del IMSS y yo atravesaba mi fase vendedor de bisutería pretenciosa. Descubiertas en una fugaz conversación nuestras avideces literarias, pronto me mostraría en casa sus textos.
Días después ya soportaba, sin paracaídas ni red, las demoledoras críticas de quienes participaban también en esa rabiosamente fraterna lucha todos contra todos en que se convertía un taller de creación literaria, alojado en una entonces -y ojalá que pronto nuevamente- generosa Casa de la Cultura de León. Nunca cupieron en Federico las medias tintas, comprometido como estuvo siempre con sus oficios: padre de hijos que siempre darán a su ciudad más de lo común, gladiador de la diaria lucha para mutar en cartón periodístico una hoja en blanco, calígrafo al que todo enamorado soñaría tener como amanuense, certero cuentista de lo que vale la pena escribir, trovador de borracheras en las que nunca vio a nadie escandalosamente ebrio -pues él caía primero en combate-; hermano a costa de todo, para sus hermanos naturales y para los que simplemente llegamos a instalarnos en el regazo de su amistad. También sería Federico el instigador del paso de este escribiente por el IMSS y, después, de ese abandono del regazo burocrático para pedir a Juan Elías Cordero, extraordinario periodista hoy atrincherado en su mutismo, la oportunidad de gastar en el diarismo un par de suelas, que luego llevarían a la crónica malvivencia de este oficio. Es por demás. Hete un texto que, iniciado para homenajear al hermano perdido, termina refiriendo, si acaso, la pena de la pérdida. Qué más decir.
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