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La ignorancia llega hasta donde el hombre se lo permite. Con frecuencia me sorprendo del estado de cosas que guarda mi sociedad, la cual distaba y dista mucho de ser perfecta, de hecho casi siempre ha rebosando de problemas. Recuerdo que desde pequeño no he hecho otra cosa que vivir en medio de una comunidad perpetuamente en crisis, sin embargo las dificultades y los obstáculos no han sido para nada lo mas desesperanzador:
La tragedia mexicana significa que colectivamente hemos optado por la pasividad, hemos dejado hacer y dejado pasar toda suerte de cosas, en un arrebato de liberalismo a la mexicana y, con esto dimos y seguimos dando pie al advenimiento de toda clase de excesos y limitaciones los cuales nos tienen postrados, sumidos en “un abismo profundo y negro”, según nos dice José Alfredo Jiménez en su celebre canción, al borde del colapso. Considero que en pocas líneas es muy aventurado apurar definiciones y aún sacar conclusiones. Sin embargo hay vías conductoras que pueden iluminar muy bien “el peor de los caminos” que, para nuestra desgracia, hemos seguido por siglo y tan quitados de la pena. Cuando se quiere investigar un crimen sobre todo de los denominados de cuello blanco generalmente se opta por seguir la huella del dinero, sin embargo cuando el crimen es un atentado contra la seguridad y viabilidad de una sociedad ¿que hay que valorar? ¿Quién se da cuenta que una sociedad es disfuncional o no? ¿Qué llevaría a tomar conciencia de las propias limitaciones, excesos, mentiras y olvidos? ¿Qué herramientas hay que adquirir para que la cultura democrática, la investigación, el conocimiento, la salud, los derechos humanos, el bien común, la justicia social y un buen gobierno que garantice lo anterior se materialice en la sociedad mexicana? No cabe duda que sólo una educación integral que promueva el progreso material y el desarrollo humano es la clave para responder los cuestionamientos formulados anteriormente. Sin embargo, por donde quiera que la miremos, a la educación en México, históricamente la hemos hecho no sólo un problema sino una desgracia que, en nuestros días, pone en riesgo la seguridad nacional. La problemática educativa en México no es nueva y, rebasa con mucho, los intentos simples y reduccionistas por considerarla como el producto aislado del espíritu de la época, no olvidemos que detrás de toda tragedia se extiende el brazo, generalmente largo y ominoso de esos intereses tan obscuros como el abismo negro de donde surgen. En México no queremos pensar críticamente, no queremos encontrar soluciones, no queremos esforzarnos y menos aún procurar establecer una cultura de esfuerzo. Recientemente, al iniciar el nuevo ciclo escolar con un nuevo grupo de estudiantes de una universidad privada donde laboro, intente fomentar el cuestionamiento, llevar a cabo un proceso de deconstrucción-construcción del conocimiento e incluso invite a mis estudiantes a valorar la palabra "exertion", como una pasión por la cultura del esfuerzo. Con la mayoría de mis jóvenes alumnos parece que mi invitación ha tenido eco, pero hubo un caso curioso que desnuda íntegramente la relación director-maestro-alumno. Sólo un grupo de los que tengo asignados cayo presa de una especie de ansiedad persecutoria, lo comprendo, quizá pocas veces se les había planteado de una manera tan contundentemente real la posibilidad de hacer las cosas seriamente, de manera diferente y propositiva. Se me dijo que hay estudiantes “muy buenos en ese grupo” , no lo dudo, pero “el que es perico donde quiera es verde”, como reza el famoso refrán mexicano. No me sorprende la reacción de angustia en algunos estudiantes que no suelen hacer las cosas en serio, tal reacción es comprensible frente a los cambios planteados de fondo. Lo que si me dejo pasmado y perplejo fue la actitud de sus coordinadores: Cuando los alumnos de un grupo les pidieron a sus directores que saltaran, estos adultos sin chistar, sólo les preguntaron a sus jóvenes alumnos que tanto. Parece ser que hoy en día, para muchos maestros y coordinadores la regla de oro es mantener a los alumnos contentos y hacen únicamente lo que place a sus estudiantes , mientras que la calidad de la educación, bien gracias. Creo que siempre debemos atender las demandas de nuestros estudiantes, sin embargo, considero que tanto o más importante que esto es comprender que en la vida hay cosas que no puedo cambiar, mientras existen otras cosas que si puedo cambiar y que quizá sea una tarea de vida conocer la diferencia. Si un director o un maestro no comprende esto y sobre todo si no lo transmite a sus estudiantes, debería cuestionar su labor. Me dicen que los directores de la universidad no son amigos de las polémicas ni de las confrontaciones. Yo tampoco. Sólo tengo pasión por la educación con calidad, definida por la OCDE como “aquella que asegura a todos los jóvenes la adquisición de los conocimientos, capacidades, destrezas y actitudes necesarias para equipararles para la vida adulta” y, añado, en una sociedad desigual, diferente, plural, dinámica y en constante cambio. Entiendo que todo tiene su momento y cada cosa su tiempo. El tiempo es un recurso que hay que usar razonablemente y quien conoce su valor comprende un aspecto importante de la condición humana.
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