El Ejército necesita a Hollywood PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rosa Elba Pérez Hernández   
Domingo, 15 de Agosto de 2010 22:19
En el universo de internet, aparece la discusión verídica en un blog: “¿Quién de estos países latinos tiene el mejor armamento nuclear: Chile, Venezuela, México, Perú, Argentina, Brasil o Bolivia?”.
El bloguero compatriota responde:
“No es por nada, pero los mexicanos tienen la mejor arma: sus telenovelas, que son tan aburridas que dormirían a cualquier persona que las viera...”.

Aparte de ilustrar el típico sentido del humor autodeprecatorio del mexicano (verdadero causante de derrotas en el Mundial de futbol), el comentario revela la no-opinión del ciudadano respecto a la institución responsable de la seguridad nacional. Mientras que los blogueros de otros países describían siglas y números de aviones, tanques, etc., ese bloguero mexicano promedio se siente más cerca de las telenovelas...
¿Por qué la tímida no-opinión? ¿Es sana este tipo de distancia entre el Ejército y el ciudadano?
A propósito de la muerte de dos estudiantes del Tec de Monterrey el pasado 19 de marzo en el fuego cruzado entre el Ejército y narcotraficantes a unos metros de la entrada del campus Monterrey y la recomendación (45/2010) de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) que sugiere que en el manejo del Ejército hubo “... tratos crueles e inhumanos, alteración de la escena de los hechos, etc.”, Guillermo Moreno Serrano, comandante de la cuarta zona militar, respondió:
“No somos verdugos para decir este sí y este no. Trabajamos con adiestramiento, con valores, respondemos una agresión”. El jefe militar añadió: “En nuestras estadísticas -que muchos de ustedes (medios de comunicación) conocen-, son más los heridos, después los detenidos, y los que mueren en esa agresión son los menos”.
Al menos, esto último es cierto.
El dramatismo del evento en Monterrey se triplicó porque la institución educativa representa el músculo ideológico de la clase media alta mexicana, hasta entonces distanciada de la narcobatalla callejera y porque se comprobó que en las oficinas de la Procuraduría se manipularon evidencias (se ocultaron las credenciales de elector de los estudiantes).
Es posible imaginar el ambiente en esas oficinas en las horas inmediatas a la balacera: miembros del Ejército y Poder Judicial deslindando internamente consecuencias y responsabilidades. Aquellos con más jerarquía, pero estos con el control de lo cotidiano.
¿A quién decirle qué y a quién no? Decisiones que se tomaron en un caos de respetos simulados (sic), percepciones sobre las percepciones, prejuicios, procesos administrativos y políticos, etc.
¿El resultado? Una infracción real a los derechos humanos con la consecuente recomendación.
¿Qué opina el Ejército sobre lo que la opinión pública opina de ellos? ¿Le importa? Y ¿qué tanto conoce la ciudadanía del funcionamiento del Ejército mexicano? ¿Quién tiene la responsabilidad de esta distancia evidente entre la ciudadanía y el Ejército? ¿Qué niño mexicano dice “cuando sea grande, quiero ser soldado”? y, si lo dice, ¿el papá lo apoya?
¿Podría haber sido diferente el manejo de la situación post balacera si ambas instituciones (Ejército y Procuraduría) hubieran decidido con base en el grado de legitimidad que les confiere la opinión pública? ¿Por qué esconder la evidencia?
Las personas e instituciones actúan conforme a lo que se sabe se espera de ellas.
¿Sería importante o necesario afianzar/mejorar/confirmar la imagen del Ejército en la opinión pública?
En México, en los últimos 20 años, no había habido cuestionamientos significativos. La violencia estaba circunscrita al territorio de “los malos”, pero, cuando inicia el “narcoperíodo histórico del México contemporáneo” (2004), aparece un sentimiento de confusión en la opinión pública: ¿son “buenos” o “malos” los “soldados”?
La respuesta varía, pues, de acuerdo con varios estudios de opinión pública (Roy Campos, Gabinete de Comunicación Estratégica, 2009), a pesar de los escándalos como el del Tec de Monterrey, el Ejército aún posee el índice de confiabilidad más alto de todas las instituciones mexicanas, superando por mucho al gobierno o a la Iglesia.
Los ciudadanos desconocen la evolución histórica del Ejército mexicano.
Después de la Revolución mexicana, ¿en qué momento y términos se integró al sistema del Estado? El ciudadano promedio carece de un marco de valores o elementos para juzgarlo o criticarlo racionalmente.
Solo está la historia mitificada de la participación del Ejército en Tlatelolco y eventos en Chiapas.
Carecer de canales para conocerlo conduce a la falta de identificación y, eventualmente, de que el ciudadano le obsequie legitimidad.
En el Ejército estadounidense, la mayor potencia bélica mundial, existe una identificación estratégica entre la ciudadanía y su ejército. Hollywood construye a diario un universo donde la conciencia colectiva rinde homenaje al Ejército, al famoso U.S. Army. Películas como Top gun, Private Ryan y cientos más.
En México, ocurre lo contrario... Es lugar común decir: “Es una película de los hermanos Almada Félix”, como sinónimo de películas de mala calidad, pero no se acepta que también son historias de los héroes... Y adivine quiénes son.
En Estados Unidos, si algo sale mal en la actuación del Ejército (disparar a civiles accidentalmente en Iraq o Afganistán, etc.), la opinión pública culpa en primer lugar al gobierno, no al Ejército. Las larguísimas filas de tumbas en el cementerio militar de Arlington son visitadas con entusiasmo y el Veterans Day (ex soldados) es uno de los días feriados con mayor actividad económica en centros comerciales, películas de estreno y turismo.
En México, el ciudadano de a pie no puede ni siquiera visitar el Heroico Colegio Militar y el Día del Ejército pasa desapercibido.
En las recientes dos décadas, la cercanía con el Ejército es la cercanía a su pantalla de televisión con imágenes del Plan DN-3, con chicos morenos quemando marihuana en la sierra o en lancha aliviando inundaciones en el sur del país.
En la mente del ciudadano mexicano, la impartición de justicia -ya sea militar o del Poder Ejecutivo- es un todo nebuloso respecto al cual vale más evitar cualquier contacto que insistir en que se cumpla la ley.
Desgraciadamente, la percepción ciudadana no está preparada para distinguir entre el “Negro” Durazo, simples policías corruptos de semáforo o los famosos “Zetas”, verdaderos ángeles caídos estilo bíblico (era parte de la corte celestial y se envilecieron), y un auténtico soldado mexicano realmente dispuesto a morir por la patria.
Esa nebulosidad presente en la ciudadanía alrededor de quienes imparten y aseguran la justicia debe conducir al Ejército a plantearse una estrategia de acercamiento o relaciones públicas.
Hace ya dos años, en Generación XY nos cuestionamos: “¿Qué ven los ojos del soldado?”. Ahora la pregunta se vuelve: “¿Qué vemos nosotros -como civiles mexicanos- en los ojos del soldado?”.
Nosotros, ciudadanos y analistas, ¿qué conocemos de ellos? Porque lo desconocido causa temor.

La autora es analista política, maestra en Políticas Públicas por Georgetown University
 

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