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Desde la década de los ochentas se comenzó a discutir la conveniencia de iniciar una serie de reformas en México. El resultado global ha sido la debilidad del Estado, atacado por distintos flancos por los poderes fácticos, más por los “legales” que los supuestamente fuera de la ley.
La economía se dejó en manos del mercado, léase a cargo de las empresas multinacionales (para constatarlo no habrá necesidad de que alguien justifique una maestría sobre el tema, sino voltear a ver los anuncios “espectaculares”, mismos que contaminan sin recato alguno y sin la intervención de autoridad competente o incompetente encaminada a cumplir su responsabilidad). Las reformas a la educación se realizan en busca de supuestos culpables para refregar en la cara de las dirigencias sindicales la inoperancia del sistema, en lugar de investigar científicamente el problema para, posteriormente, concluir que se gasta mucho en educación con magros resultados, por lo que es necesario hacer exámenes. Lo cierto es que, efectivamente, la población hace esfuerzos inauditos por cooperar al mejoramiento del sistema educativo, pero se encuentra con medidas nuevas cada día a través de las cuales la privatización se hace cada vez más evidente. Nuestros juristas otrora famosos en tiempos del Estado promotor de bienestar son desplazados por chilenos, colombianos o argentinos que podrán ser muy buenos, pero el problema lo hemos de atacar en México, con una realidad muy distinta. Algunos ingenuos consideran que -como en Colombia el narco está en auge-, un vínculo importante nos ata a su política social y económica. En busca de la eficiencia se fortalecen tendencias para concretar reformas en el área electoral, por quejas sobre el desempeño de los servidores públicos. Los poderes fácticos continúan sus ataques a la clase política y sugieren reformas que, una vez vigentes, debilitarían al Estado mexicano; en tanto, el desempeño de los titulares de los poderes públicos no tiene porqué ser mejor, mientras la conciencia moral de la sociedad se alimente del pragmatismo. Los gobernantes seguirán surgiendo del seno de la sociedad. No puede ser de otra manera, sólo que a algún ingenuo o ingenioso se le ocurra importar gobernadores, senadores y diputados. Pero esa experiencia ya la vivimos y actualmente pagamos las consecuencias, pues con frecuencia somos gobernados por políticos con mentalidad gringa, nacidos en México. De éstos los hay por cientos. Si abastecernos del mercado transnacional ha sido una experiencia amarga que hemos pagado con una escalada progresiva de pobres, migrantes y narcos, probablemente sea hora de volver los ojos “a los mexicanos hechos en México”, que comprendan cabalmente los problemas y tengan el valor de entregarse a buscar soluciones, sin depender de la moda. Es lugar común afirmar que hemos abandonado la práctica de los valores, sólo que eso es falso, porque a cada momento rendimos culto al pragmatismo -que también es un valor- y combatimos con furia la solidaridad. Hay que comenzar por volvernos una sociedad consciente de su enajenación, probablemente por ahí, debieran comenzar las reformas.
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