Estadistas, expectativa social PDF Imprimir E-mail
Escrito por Lic. Tomás Bustos Muñoz   
Lunes, 07 de Noviembre de 2011 01:11
Aun cuando la Constitución, los documentos básicos de los partidos políticos y los compromisos históricos de los mismos, son muy claros cuando hacen explícitos sus compromisos para con el Estado, hay quienes preguntan a los aspirantes para qué quieren asumir el poder público, con lo cual muestran su proclividad a servir a los poderes fácticos, que reclaman políticos serviles en el gobierno.
En el mundo globalizado, los poderes fácticos tienen personeros a sueldo incrustados en los gobiernos y muy frecuentemente en los Estados Unidos ocurre que el titular del poder ejecutivo, es en los hechos, un empleado al servicio de las diez familias que los gobiernan casi desde su fundación como Estado independiente.
Sin embargo, aunque los gobernantes sean representantes formales de la nación, se requiere que sean gentes preparadas y preferentemente brillantes, capaces de engañar a sus “representados” con la idea de que llevan muy dentro las convicciones democráticas. La capacidad para gobernar como estadistas, no implica necesariamente que puedan hacer, pero crea condiciones para que aprovechando un espacio, ejerzan un gobierno tan positivo como el que encabezó Bill Clinton.
En la historia de México es notable el caso del general Lázaro Cárdenas, quien mediante una estrategia impecable accedió al poder y aceleró el  tránsito del país, de una nación conducida por caudillos a una gobernada por instituciones. Este proceso es continuo y requiere de acciones permanentes para mantener lo conquistado para garantizar la evolución hacia formas más perfectas de democracia.
Pero las instituciones no siempre tienen la fortuna de ser operadas por personas que las lleven hacia delante. Por el contrario, es frecuente que consuman su patrimonio histórico y se hagan parecer obsoletas o inadecuadas para solucionar los problemas sociales, cuando en realidad se trata de consecuencias de habérselas entregado a gentes incapaces de conducirlas.
Lo anterior ocurre cuando no está de por medio la mala fe. Sin embargo, abundan casos en la historia reciente, de acciones de funcionarios que intencionalmente hacen fracasar las empresas públicas, con el fin de hacer jugosos negocios en beneficio propio o atender reclamos de poderes fácticos a quienes sirven sin recato, en perjuicio del patrimonio nacional.
No se deben tolerar funcionarios públicos carentes de patriotismo o de valor para conducir las instituciones con apego a la norma, pero esa decisión depende principalmente de la clase política y, en especial, de los dirigentes de los partidos, quienes deberán cuidar celosamente, que prive el interés de la sociedad.
El estadista es el político que aprecia la realidad de su país, de su estado o municipio y busca a quienes pueden compartir con él, la misión trascendente, de ejecutar polacas públicas que impacten al presente y al futuro. El estadista auténtico busca el desarrollo social, partiendo de un concepto kantiano de la persona, al pretender que se realice como un fin en sí mismo y no como medio al servicio de intereses ajenos.
El ciudadano contemporáneo ha sido convertido en cosa, en instrumento al servicio del poder transnacional. No es la aptitud potencialmente racional y libre del ser humano quien motiva la acción de la mayoría de quienes tienen en sus manos el destino de la economía, sino el afán de acumular poder y dinero para consolidar y mantener el status, de poderoso consumidor.
El estadista es un ser capaz de sustraerse a la enajenación que produce el consumismo y enfrentar con éxito, el proceso de alienación creciente del ser humano, en cualesquiera que sea el nivel social o de gobierno en que actúe. El ser humano contemporáneo requiere ser rescatado de la inconciencia y esa acción será mayormente factible si la sociedad impulsa personas con visión de estadista a los cargos públicos.
Son muchas las tareas pendientes en la función pública, que requieren la acción de estadistas. Abrirles paso o preparar para que alcancen ese nivel sus mejores exponentes, es obligación ética de los partidos políticos, quienes deberán investigar, a conciencia, quienes de entre sus militantes, son capaces de enfrentar con éxito, los problemas que generan: la enajenación social, la puesta en marcha de una política económica que fortalezca el mercado interno, la desnutrición, la ignorancia de la verdadera génesis de la violencia y la anarquía social
Enfrentar exitosamente los problemas actuales del país es una labor titánica, que supone el concurso unánime de la sociedad, especialmente si se desea hacer de ella una comunidad de ciudadanos racionales y libres. Todo será posible con el esfuerzo social continuado, si éste lo coordinan ciudadanos con sentimiento patriótico acentuado que hayan defenestrado de su conciencia, el llamado complejo de Malinche.