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Escrito por Lic. Tomás Bustos Muñoz   
Lunes, 14 de Noviembre de 2011 01:06
En todos los ámbitos del país, se añora la paz, como condición esencial para la convivencia humana. Cuanto más se investiga mayores son las sorpresas sobre la presencia de inestabilidad y zozobra en la sociedad. En los hogares, en las escuelas, en los estadios, en los recintos de los poderes, en las calles, las plazas y las iglesias, está ausente la paz y para recuperarla, ofrecemos con entusiasmo leyes nuevas, pero sin cambiar actitud ante la justicia, la verdad y la bondad.
Los medios masivos de comunicación electrónicos nos ofrecen espectáculos en vivo y a todo color, de asesinatos perpetrados en contra de gobernantes, acusados de crueldad. Las fronteras, lugares respetados como santuarios infranqueables como límites a la soberanía de los Estados, ahora son vulneradas en nombre de la democracia y la libertad, por quienes no pueden ocultar el verdadero motivo de sus crímenes.
Las grandes potencias tienen agendas donde se dictan sentencias no en contra de individuos, sino de naciones enteras, que habrán de pagar con su vida y la ruina económica, las resoluciones tomadas por los consejos de administración de los consorcios monopólicos, autoproclamados tutores económicos del mundo.
“Nada está seguro, cuando hay hombres que amasan el pan de su victoria con el polvo sangriento de otros hombres”, afirmó alguna vez Torres Bodet. El ser humano orienta su talento y capacidad creativa a producir armas, que luego convierte en instrumentos de tortura, sufrimiento y muerte. La industria de las armas y sus productos, son monumentos colosales al servicio de la destructividad humana, resultado del talento y las investigaciones de algunos de los cerebros más evolucionados de la humanidad.
La sociedad contemporánea avanza con pasos agigantados a su propia destrucción. Los métodos para usar la violencia son cada vez más sofisticados y la humanidad pierde paulatinamente la solidaridad, que es base para convivir en armonía y preparar el advenimiento de un nivel superior de la existencia humana.
Pero en lugar de crear condiciones para fomentar la solidaridad, se usa el asesinato, el exterminio masivo, la amenaza, de convertir al mundo en rehén de la ambición ilimitada de la soberbia y de la angustia que nos asalta, cuando avizoramos el peligro de ser incorporados al inmenso ejército de los marginados del consumo.
El miedo a salir de la élite con capacidad para consumir, nos vuelve a unos, medrosos y pusilánimes y, a otros, soberbios y ciegos para apreciar la oportunidad de ser humanos, de disfrutar de la felicidad personal y poder compartirla a plenitud con nuestros semejantes.
Sin embargo, parecemos solazarnos  al despojar de la oportunidad de vida digna a millones de gentes, a quienes sumimos en la desesperación, la angustia, la soledad y la pobreza, olvidando que la miseria generalizada eliminará la posibilidad de disfrutar los bienes modestos o cuantiosos que se hayan acumulado.
Debemos hacer un alto en el camino y volver nuestros ojos a los valores universales, generadores auténticos de calidad humana. No olvidar que la violencia, tarde o temprano acaba con la paz y que el ser humano, para disfrutar su existencia habrá de reconciliarse primero con su hermano y sólo entonces, recuperará su dignidad.
No es posible que la violencia traiga la paz. Todos tenemos obligación de luchar porque la tranquilidad vuelva a cada uno de nosotros. Fomentar la violencia aún como requisito para hacer justicia, tiene sus límites: alcanzar el mayor bien, para el mayor número.
Las élites deben proponer algo más que la ley del talión o la venganza social. Como sociedad marginamos el valor de la justicia  y la congoja que esto produce, no se remedia con limosnas, sino dando a cada quien lo que necesita para realizarse como ser humano; en cambio, la hemos aplicado recurrentemente en forma selectiva, lo cual genera encono y discordias. El incremento de suicidios no se detiene con ocurrencias, sino tratando a todos con justicia: a los pobres, a los ricos, a niños y a los viejos.