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Parece haber consenso entre los expertos sobre la determinación firme de Enrique Peña Nieto de tomar decisiones mediante concienzudos análisis y evitar aquellas que pudieran entorpecer el logro de objetivos cuidadosamente planeados.
Es frecuente escuchar a la gente sensata afirmar que “el sentido común es el menos común de los sentidos”. De ahí que quien opta por lo conveniente sin dudas ni arrepentimientos tiene asegurado el éxito en la mayoría de las acciones que emprenda. A medida que el tiempo pasa, la convicción de la ciudadanía se fortalece en la idea de que Enrique Peña es un hombre confiable. Las afirmaciones tendentes a descalificarlo poco a poco se diluyen y avanza con paso firme hacia la nominación para contender por la Presidencia de la República como abanderado del Partido Revolucionario Institucional. Quienes dicen temer el regreso del “viejo régimen” evitan mencionar sus verdaderas intenciones, resumiendo sus ataques en una expresión multívoca. Muchos de ellos le deben a su denostado PRI toda su carrera política y no se conforman con haber sido todo, menos presidentes; acaso por cobardía. Sus lamentos nos llevan directamente a preguntar: ¿qué pretenden negociar?, ¿acaso la aquiescencia del partido para volver a traicionarlo en nombre de la democracia? Algo de lo que sucede al país es a causa de la cobardía y falta de valor civil para defender al Estado, y haberlo dejado inerme para enfrentar a quienes se han colocado por encima de él. No obstante, piden otra oportunidad para medrar, pues no es otra la pretensión de quienes hablan de gobiernos divididos, cuando han hecho todo lo posible no solamente para dividir al PRI, que realmente no es su partido, sino intentar liquidarlo como instrumento al servicio de un Estado soberano, ahora que son parte de los poderes reales o sirvientes perrunos de los mismos. Habrá que preguntar a los impulsores de las reformas que han debilitado el Estado sobre los remedios efectivos para salir de los problemas en los que está metido el país, a causa de su debilidad, que ellos de alguna manera auspiciaron. Hay voces que dicen violentada la democracia al interior de “su partido”, pero cuando tuvieron la oportunidad de gobernar, no la impulsaron como forma de vida, inspirada en el mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, sino en un discurso en el que se hablaba de todo, menos de fortalecer la unidad nacional en la justicia. Compartir el poder, gane quien fuere, es la intención de los “reformadores” que no han levantado la voz, cuando de malbaratar o traficar con el patrimonio nacional se trata. Miden el semblante de los líderes de los poderes reales para indagar qué otras áreas o nichos de oportunidad ofrece aún el patrimonio social, para utilizarlo como instrumento de enriquecimiento personal o del grupo que tan eficientemente representan. La capilaridad social es una forma de ejercer la democracia anulada casi en su totalidad por los gobernantes con inspiración neoliberal, olvidando que muchos de ellos o sus padres fueron beneficiados por esa política equitativa que ahora combaten con ferocidad. El retiro político de quienes fueron presidentes de la República fue una forma de auspiciar la capilaridad social, que cesó cuando el poder público se convirtió en la contrarrevolución, en eficaz instrumento para debilitar el Estado y devolver el poder a los conservadores apátridas, que orquestaron un ataque al Estado mexicano, dejándolo a merced de sus enemigos históricos. El reto para el futuro presidente de la República no es enfrentar a un gobierno dividido sino a una caterva de traidores sin vergüenza ni pizca de patriotismo. El PRI tiene que darle al pueblo de México un hombre sensato para que lo gobierne, no desde la debilidad orquestada por los poderes fácticos, acaudillados por expresidentes que no se arrepienten del enorme daño que han hecho y siguen haciendo a la República, sino con la fuerza de un partido organizado y combatiente. México necesita un gobierno fuerte, con autoridad moral y patriotismo para enfrentar la revolución iniciada por una legión de corruptos nunca satisfechos con los privilegios alcanzados. La violencia generalizada será detenida cuando la sociedad elija gobernantes capaces de cumplir y hacer cumplir las leyes. Peña tiene el aprecio de su pueblo. Tiene en él depositada la esperanza para que le devuelva el acceso a la justicia. Necesita que su gobierno sea aliado, no el verdugo que lo sojuzgue y use triquiñuelas mil para evadir su responsabilidad y apropiarse de los frutos del trabajo social. Necesitamos reformarnos por dentro, no buscar fórmulas mágicas en las leyes. Se requiere que el gobierno sea fuerte con la participación de la gente, que deberá trascender de un contribuyente cumplido a promotor y vigilante exigente con sus partidos, de que sus gobernantes cumplan y hagan cumplir las leyes sin temores ni desviaciones. Peña tiene en sus manos algo tan valioso como la confianza de un pueblo que añora un gobierno en serio, promotor de la justicia, de la equidad, de la solidaridad, capaz de arrancar de las entrañas de los poderosos el pragmatismo, que los ciega y produce inenarrable sufrimiento a la gente. Por eso, el PRI fortalece a Peña con su confianza y las emotivas muestras de afecto que le prodiga serán la mejor arma para mantener la verticalidad del líder, para que su esperanza prevalezca y, con el esfuerzo conjunto, fructifique. |