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La justicia social y la postulación de candidatos Generalmente, los políticos exitosos no regresan a sus trabajos de origen, se perpetúan en los sitios de privilegio y por razón de estrategia defensiva, impiden por todos los medios, el paso a quienes solidarios con el prójimo, representan un peligro para sus posiciones
En estos tiempos electorales escuchamos con frecuencia reclamos de equidad al interior de los partidos políticos, de militantes quejosos por no encontrar condiciones para contender en ambientes que les garanticen competir, sin que la cercanía al poder económico de sus oponentes, sea limitante para que los órganos decisorios, arbitren sin preferencias atendiendo a los méritos e idoneidad para el desempeño del cargo al que se postulan.
Se aprecia también en el mundo entero, tendencias dominantes a elegir gente preparada para defender privilegios en lugar de ciudadanos aptos para moderar la riqueza y atemperar la indigencia. La política neo liberal invadió la conciencia de gran parte de la clase política y la orientó hacia el logro de beneficios personales con mínimo de esfuerzo, en un mundo dominado por el pragmatismo en todos los ámbitos de la vida social. Así, quien logró una posición en el aparato del Estado, busca por cualquier medio asegurar su permanencia en ese lugar de privilegio, que con mínimo riesgo le permita mantener el status obtenido mediante un ingreso económico suficiente y seguro. A mayor abundamiento, el valor de la solidaridad social como motor del discurso político, cedió ante el embate de argumentos en favor de la libertad individual sin límites, como consecuencia, la estratificación de la sociedad se toleró primero y luego se auspició como timbre de orgullo de alguien que, habiendo superado estratos sociales, logró colocarse en la cúspide de la pirámide social. Generalmente, los políticos exitosos no regresan a sus trabajos de origen, se perpetúan en los sitios de privilegio y por razón de estrategia defensiva, impiden por todos los medios, el paso a quienes solidarios con el prójimo, representan un peligro para sus posiciones. Así, las cúpulas políticas prefieren -salvo excepciones- gente modesta en recursos intelectuales y ayuna en la práctica de valores fundamentales para lograr la paz social, como la solidaridad. Combatir los excesos de la creciente desigualdad social, que llevan miseria y hambre a millones de seres humanos, es el reto para quienes aspiren a una representación social, si desean ayudar, aún desde la posición más modesta, a recuperar la paz, no solamente exigiendo honestidad y capacidad represiva a ejércitos y policías, sino comenzando por el ejercicio sin pausa de la propia responsabilidad ciudadana. La revuelta a causa de la inequidad, ha comenzado en el sector llamado del crimen organizado, fenómeno que inició cuando las condiciones soberanas del país cambiaron radicalmente, pues en las condiciones de crisis permanente, la nación no puede ofrecer a las generaciones emergentes una opción de vida digna. La violencia desatada por la desigualdad alcanza ya a quienes con acciones u omisiones quisieron aprovechar la coyuntura para agregarse al estrato social privilegiado. No hay alternativa: tendremos que sacrificar privilegios, dar las responsabilidades sociales a quienes estén dispuestos a luchar por la justicia social sin claudicaciones ni simulaciones. Engañar aprovechando los recursos públicos y los adelantos de la mercadotecnia, sólo ampliará el espectro de violencia en una sociedad dispuesta a entregar la vida, por un fugaz disfrute de bienes materiales. Las campañas políticas tanto al interior de los partidos como ante la sociedad, no deben ser sufragadas por los candidatos sino mediante una reingeniería de los recursos fiscales asignados para los fines electorales; dejarlas en manos de instituciones responsables como el IFE, incluir una política educativa consistente, para crear condiciones adecuadas a fin de que sea el mérito ciudadano quien determine las postulaciones y el acceso a los cargos públicos.
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